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    1. Introducción
    2. Importancia de la filosofía en la educación
    3. Consideraciones en defensa de la filosofía
    4. ¿Por qué se debe aprender a filosofar?
    5. ¿Se puede enseñar filosofía?
    6. ¿Desde dónde filosofar?
    7. ¿Cómo debe ser la actitud del estudiante ante la filosofía?
    8. ¿Cuál es el papel del maestro en su quehacer filosófico?
    9. ¿Cuál sería la metodología para "enseñar" al estudiante a filosofar?
    10. La filosofía y la definición de identidad del estudiante
    11. El objetivo central del filosofar: aprender a pensar (pensar por sí mismo)
    12. Consideraciones acerca de la filosofía
    13. ¿Cuál es la definición de filosofía?
    14. ¿Cuál es el objeto de la filosofía?
    15. ¿Qué hace la filosofía?
    16. ¿Qué permite la filosofía?
    17. ¿Para qué sirve la filosofía?
    18. ¿De dónde surge la filosofía?
    19. ¿Qué es filosofar?
    20. ¿Es difícil filosofar?
    21. ¿Cómo se filosofa?
    22. ¿Cuál es el punto de partida de la filosofía?
    23. ¿Qué hace el filósofo?
    24. ¿Sobre qué piensan los filósofos?
    25. ¿Quién es el filósofo?
    26. ¿Quién es un hombre ajeno al mundo de la filosofía?
    27. ¿Por qué filosofamos?
    28. ¿Qué es y cómo se desenvuelve la actitud filosófica?
    29. ¿Cómo se ha visto a la filosofía?
    30. ¿Qué significa hacer filosofía?
    31. ¿Para qué se hace filosofía?
    32. ¿Cómo responde la filosofía a la pregunta por el hombre?
    33. ¿Cuál es el problema central de la filosofía?
    34. ¿Cuáles son los problemas de la filosofía?
    35. ¿Cuál es la pregunta fundamental de la filosofía?
    36. ¿Cómo responden los filósofos a las preguntas quién existe y qué es lo que existe?
    37. ¿Sobre qué recae el saber filosófico?
    38. ¿Sobre qué se ha filosofado?
    39. ¿Qué es la razón?
    40. ¿Cuáles son las diferencias entre los dos grandes sistemas filosóficos?
    41. ¿Existen oposiciones entre el positivismo y el marxismo?
    42. ¿Cuáles son las diferencias entre el método metafísico y el método dialéctico?
    43. ¿Existen oposiciones entre metafísica y dialéctica?
    44. ¿En qué se distingue la filosofía de las demás ciencias?
    45. ¿Cuál es la diferencia entre ciencia, ideología y filosofía?
    46. Principales corrientes o escuelas filosóficas
    47. Métodos de la filosofía

    Partes: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11


    DEDICATORIA

    Aunque las resplandecientes luces que iluminaron sus prolíficas existencias ya se apagaron, dedico este modesto texto a Pitágoras, Heráclito, Parménides, Sócrates, Platón, Aristóteles, Bacon, Descartes, Locke, Kant, Hegel, Marx, Comte, Nietzsche, Sartre, entre otros, cuyos geniales e inquietos espíritus aún viven entre nosotros.

    ACLARACIÓN

    El presente texto no tiene pretensiones de originalidad ni contiene los más novísimos planteamientos de filosofía o de su didáctica. Su modesta intención no va más allá de tratar de resaltar la importancia de la filosofía en la educación y de ofrecer algunas nociones elementales sobre tan apasionante rama del conocimiento humano.

    Sin "dármelas" de filósofo (filósofo Sócrates, Platón, Aristóteles, Descartes, Locke, Leibniz, Kant, Hegel, Marx, Nietzsche, Sartre, etc.), luego de haber obtenido mi licenciatura en filosofía y letras, me dediqué con cierto empeño a consultar textos y a dialogar con profesores de filosofía, con el ánimo de elaborar un documento en donde quedaran consignados algunos aspectos que, a mi juicio, considero de interés, para rescatar el valor de la filosofía y su importancia en la formación de los estudiantes.

    Con el propósito de imprimirle relativa "autoridad" al texto, reiteradamente acudí a planteamientos de auténticos filósofos, profesores de filosofía, pedagogos y otros intelectuales, no por falta de criterio propio, sino porque el escrito requiere del sustento filosófico y pedagógico que poseen los autores consultados y del cual carezco yo como profano de un saber tan amplio y complejo como lo es la filosofía y su didáctica.

    Queda, pues, a consideración de los amables lectores para que lo cuestionen, controviertan, actualicen o modifiquen, y, posiblemente, complementen sus saberes sobre tan grandioso tema. Así como muchos de los autores y profesores consultados aceptan que no tienen la última palabra al respecto, soy consciente que mi escrito será apenas un breve esbozo del gran caudal de conocimientos que debemos adquirir si en realidad queremos desempeñar con responsabilidad e idoneidad la tarea como "profesores" de filosofía.

    INTRODUCCIÓN

    "Querer saber, querer pensar: eso equivale a querer estar verdaderamente vivo".

    Fernando Savater.

    Como persona inquieta por el saber filosófico y consciente de su inconmensurable importancia para el mejoramiento de la calidad de vida, he realizado una amena y apasionante labor "investigativa" en este vasto campo. Fue así como surgió la idea de escribir un texto en donde me propongo, sin mayores pretensiones, resaltar su importancia en la educación y acercarme un poco al fascinante y complejo mundo de la filosofía.

    Mi paciente labor me llevó a estudiar, leer, pensar y razonar filosóficamente. Esa tarea permitió que entrara en contacto con profesores y libros de filosofía, quienes me hicieron valiosos aportes para emprender la quijotesca aventura de escribir un texto (que en ningún momento pretende "dárselas" de original) para tratar de entusiasmar a las personas por el estudio de la filosofía, especialmente a los jóvenes.

    El texto, que tiene una intención didáctica, consta de dos partes. La primera la dedico a destacar la importancia de la filosofía en la educación, tratando de motivar a los estudiantes para que ingresen en el universo de la filosofía como una manera auténtica de pensar crítica y reflexivamente. En la segunda, tomando apartes de diversos textos, intento una aproximación a la filosofía, explicando qué es, cuál es su objeto, para qué sirve, etc.

    Esta especie de "diálogo" con los filósofos y una profunda reflexión sobre el vasto horizonte de la filosofía me permitieron solazarme en la grata experiencia del saber y del quehacer filosófico. Fueron grandiosos los aportes de los libros consultados; algunas frases, párrafos e ideas las tomé de manera textual y de otras me "apropié". Muchos aspectos de interés los complementé con mis reflexiones y otros los confronté con mis inquietudes filosóficas y con las de otros autores. Todo ello buscando el dinamismo del texto para que el amable lector pueda encontrar orientaciones para adentrarse en el asombroso mundo de la filosofía.

    Es importante destacar la influencia de Fernando Estrada Gallego, Fredy Salazar Panigua, Olga Lucía Celis Salazar, Blanca Inés Prada Márquez, Reinado Suárez Díaz y Diana Uribe Forero, brillantes filósofos; y agradecer a mis maestros de filosofía de la Universidad perfecto Tomás, por su valioso aporte personal y de sus textos. Asimismo, expreso mi más sincero reconocimiento al profesor Jorge A. Deháquiz M., ya que el contenido de su libro "¿Enseñar Filosofía o Aprender a Filosofar?", publicado por la editorial ASED, de Bucaramanga, en 1995, orientó parte de mi labor y me vi en la necesidad de "adueñarme" de algunas de sus ideas, planteamientos y hasta de ciertos párrafos.

    PRIMERA PARTE

    ¿Qué puede pues guiar a un hombre? Una única cosa, la filosofía. Marco Aurelio.

    IMPORTANCIA DE LA FILOSOFÍA EN LA EDUCACIÓN

    1. ¿CUÁL ES EL VALOR DE LA FILOSOFÍA Y POR QUÉ DEBE ESTUDIARSE?

    Antes de entrar a determinar cuál es su valor y por qué debe estudiarse, es procedente presentar algunas de las múltiples objeciones en contra de su "enseñanza" y del quehacer filosófico en general, porque son muchos sus detractores, debido a que la consideran como una especulación inútil, "sin oficio ni beneficio". Luego de conocerlas, procederé, con la ayuda de grandes intelectuales, docentes de filosofía y defensores de ésta, a demostrar por qué es importante la filosofía y por qué es necesario aprender a filosofar. Comencemos, pues, con las objeciones, las cuales merecen ser revisadas con conciencia crítica, porque muchas de ellas podrían tener relativo fundamento.

    Objeciones en contra de la filosofía

    Muchos no son partidarios de la enseñanza de la filosofía ni del filosofar, debido a los (¿aparentemente?) escasos resultados prácticos que se obtienen de esta actividad tan "extraña" y compleja. Fernando Savater, defensor de la "enseñanza" de la filosofía, sostiene que los detractores de la filosofía dicen que no sirve. La falta de motivación por este quehacer podría estar fundada en el hecho de pensar (¿y constatar?) que la filosofía no prepara al estudiante para desarrollar una actividad lucrativa, tal como sí lo hacen otros saberes útiles que ofrecen algunas ciencias y la tecnología. Lo inútil no sirve, tal como lo reconoció Goethe en su "Fausto", cuando afirmó que "lo que no presta utilidad, es un trasto inútil; ¡sólo presta servicio aquello que, cuando se necesita, se tiene!". Así, nuestro contexto capitalista, bajo el imperio del dinero, no sería escenario propicio para la reflexión filosófica, porque el acelerado avance científico y tecnológico incrementa el consumismo que sólo se satisface con dinero. "El vulgo se satisface con el oropel y el éxito", sentenció Nicolás Maquiavelo.

    El impresionante y necesario avance del saber científico y de su brazo armado (la tecnología) sería una "realidad" aparente de que lo práctico se imponga sobre lo teórico, lo concreto sobre la especulación. Esta "invisible" apariencia nos muestra una evidente y patética realidad: debemos ser más pragmáticos, buscar lo práctico, lo útil, lo rentable, lo que produzca dinero, máxime si ésta es una sociedad capitalista, cuyo Dios es el Todopoderoso Dinero. "La filosofía ni salva ni resucita sino que sólo pretende llevar hasta donde se pueda la aventura del sentido de lo humano, la exploración de los significados".1 Gracias a ella alcanzamos la magnanimidad. La filosofía "consiste en ampliar el campo de la visión mental, en concentrarse en ideas elevadas y cuestiones sublimes, en abandonar la mentalidad pueblerina para contemplar el vasto mundo de que somos ciudadanos".2 La filosofía interesa a quienes tienen vocación filosófica. Tal como lo plantea el filósofo estadounidense Lou Marinoff, en su libro Más Platón y menos Prozac, el intercambio de ideas es un valioso lujo (pese a no figurar en los listados de cotización de Wall Street) y es gratis en casi todos los casos, y aclara que los cafés filosóficos están devolviendo a la filosofía su cometido original de proporcionar alimento al pensamiento de las personas en la vida cotidiana animándolas a profundizar en su vida. En nuestro contexto, dominado por el poder la de la ciencia y la tecnología, filosofía y práctica son dos palabras que no suelen vincularse, pero lo cierto es que la filosofía siempre ha proporcionado herramientas para que la persona se enfrente a los problemas prácticos de la vida cotidiana.

    Para quienes no tienen el don de la reflexión profunda, el fenómeno de la globalización es un hecho tangible, evidente y palpable que nos debe convencer que lo práctico debe imponerse, debido a que somos una "aldea global" que necesita "ver" más allá de nuestro entorno para buscar el progreso económico y el desarrollo en diversos tópicos de la cotidianidad, dentro de los cuales es muy importante el revolucionario universo de las comunicaciones.

    "¿Para qué filosofar?", preguntan algunos detractores de la filosofía. "Con hambre no se puede filosofar", advierten otros. Veamos en qué fundamentan sus inquietudes. Con escasas excepciones, los grandes filósofos nacieron, vivieron y filosofaron en el seno de familias adineradas, poderosas o allegadas al poder político, económico o religioso. En el libro "Clásicos del Pensamiento Resumidos", de Rafael Méndez, encuentran evidencias para sustentar parte de este aserto.3 Heráclito "era miembro de una familia real y por tanto destinado al ejercicio del poder…" Platón era "miembro de la más alta nobleza…" Séneca "participó en la corte de los emperadores…" perfecto Tomás de Aquino "era hijo del conde Landolfo de Aquino… nació en el Castillo de Roccasecca…" Francis Bacon "…fue nombrado secretario de Inglaterra y obtuvo el título de barón de Verulam". Maquiavelo pertenecía "a una excelente familia de la burguesía toscana…" Descartes "era hijo de una familia de renombre…" Tomás Hobbes "buena parte de su vida intelectual la dedicó a sus labores como preceptor de la nobleza". John Locke era el hombre de confianza de "Lord Asheley, conde de Shaftesbury, consejero plenipotenciario de Carlos II…" Por su parte, el Diccionario Filosófico, de Editorial Panamericana, dice que Aristóteles "fue amigo de Amintas II, rey de Macedonia… Fue preceptor de Alejandro supremo a solicitud de Filipo de Macedonia". Arthur Schopenhauer perteneció "a la alta burguesía de su país; su padre era un rico comerciante y su madre una culta novelista". Paul Henri Holbach pudo dedicarse por completo al estudio de la filosofía gracias a "su título de barón y su sólida estabilidad económica". Friedrich Engels era "hijo de un industrial…" Claude Henry de Saint-Simón pertenecía "a la nobleza…" Marco Aurelio fue "emperador romano de la dinastía de los Antoninos…" Así, muchos otros filósofos procedían de familias con gran poder económico o político. Esto es evidente, pero la filosofía satisface el "hambre de verdad" mas no el hambre comer. Sólo quienes tienen "hambre de verdad" y se preguntan por la dinámica real, son partidarios de la filosofía.

    Como autodidacto "consagrado" y como "filósofo profesional", egresado de una de las más prestigiosas universidades del mundo (perfecto Tomás) e inmerso en una cultura profundamente influenciada y dominada por el poder del dinero, en los albores del siglo XXI, debo aceptar provisionalmente que el quehacer filosófico (no la filosofía) no produce dinero (el amo y señor en muchas circunstancias), pero sí genera un valioso "capital" y mucha riqueza espiritual en el auténtico sentido filosófico de la palabra. Como, desgraciadamente el dinero es la llave que "abre" muchas puertas del degradado contexto en donde se desenvuelve mi cotidianidad, necesito éste para sobrevivir y para que sobreviva y se eduque mi familia, el filosofar sólo me aporta satisfacciones espirituales, incrementa mi amor por el conocimiento y la sabiduría, me fortalece éticamente, me permite entender la política, satisface mi necesidad de saber y comprender, me ayuda a encontrar sentido a la vida, me permite percibir, interpretar y sistematizar la realidad de manera coherente, desarrollar y fortalecer mi conciencia crítica, pero no me aporta dinero. ¿Qué se puede hacer para sobrevivir (alimentarse, vestirse y educarse) sin dinero?

    ¿Ante el abrumador poder del dinero puede resultarnos de utilidad económica filosofar? Muy poco. Los grandes filósofos nunca fueron pobres económicamente. No filosofaron desde, entre y dentro de la miseria económica. Pero, si bien es cierto que el filosofar no es lucrativo, no podemos desistir de tan asombroso y maravilloso quehacer. A pesar de que para el filósofo no hay actividades "prácticas" que le generen dinero (como profesor hay pocas oportunidades), la filosofía ha tenido, tiene y tendrá un espacio en la educación como cualquiera otra materia académica. Así como en la educación de nuestro entorno se imparten otros saberes (muchos de ellos poco lucrativos), la filosofía debe conservar y fortalecer su lugar. Las matemáticas, la religión, la historia, la geografía, entre otras asignaturas, ¿son realmente lucrativas? ¡No! Es posible que la informática y la contabilidad, sí. Pero el estudiante no se puede convertir sólo en una máquina productiva, también debe humanizarse. ¿Cómo se humaniza? Con la ayuda de la filosofía, aprendiendo a filosofar. Los detractores de la filosofía es necesario que recuerden las palabras del filósofo Frincis Bacon: "No se han de estimar inútiles aquellas ciencias que no tienen uso, siempre que agucen y disciplinen el ingenio". La filosofía agudiza y disciplina el ingenio.

    Como una salida a semejante encrucijada, temporalmente es conveniente proponer que el estudiante aprenda cosas "prácticas", con el apoyo de la filosofía. "Primero trabajar, luego filosofar", parece ser la divisa. Pero lo ideal debería ser lo contrario: primero filosofar, luego trabajar; es decir, primero ser y después hacer para tener. En nuestro entorno capitalista y en un mundo globalizado, dominado por la política, la ciencia, la tecnología y el avasallante poder del dinero, pareciere no haber espacio para ideales. "Primero comer, después reflexionar" es la ley. Proponer lo contrario, sería iluso. El filósofo es consciente de ello, porque la filosofía, en lugar de alejarlo, lo acerca profundamente a la realidad y lo sitúa en ella. El arrollador poder del capitalismo tiene su ley: primero el dinero, después la humanización. Primero conseguir dinero que ser persona. El filosofar nos convierte en auténticas personas, pero esa no es la ley del capitalismo. ¿Qué se puede hacer? Quienes filosofamos somos pocos, muchos los poderosos por la influencia del dinero. El dinero manda y da poder, y el poder es para "poder".

    El quehacer del docente de filosofía involucra la actividad de procurar que el estudiante comprenda que, si bien es cierto que en nuestro contexto, el filosofar no es lucrativo materialmente, aprenda a filosofar como una forma de humanizarse, porque muy poco le aportarán los conocimientos "prácticos" si el influjo del dinero (¿corruptor?) lo despersonaliza.

    Los detractores de la filosofía han llegado al extremo de ridiculizarla y menospreciarla de tal manera hasta proponer que es útil… para asaltar bancos. Tibor Fischer, en su novela Filosofía a mano armada, presenta a un profesor de filosofía, fracasado y borrachín, planeando y asaltando bancos según pautas de algunos sistemas filosóficos. "Como método para atracos los sistemas filosóficos se muestran en la novela mucho más útiles de lo que suelen ser en otros campos".4 La civilización islámica también concibe la filosofía como algo poco práctico, a juzgar por un pasaje de la novela Ekkehard, del escritor alemán Josef Viktor von Scheffel, publicada en el siglo XIX. Un musulmán preguntó a otro qué era filosofía, ante lo cual obtuvo como respuesta que "cuando alguien no sabe por qué está en el mundo y se le mete en la cabeza saberlo" es lo que en Occidente se llama filosofía. El otro, con un sentido más práctico, observó que "el que tiene una espada en la mano y un caballo entre sus piernas, ése sí sabe por qué está en el mundo".

    Lo que desconocía este musulmán era que las ideas y los dogmas de El Corán (el libro sagrado de los musulmanes) y la imposición de estas doctrinas alienatorias fueron la base de la civilización islámica que se convirtió en imperio sometiendo a los demás con el poder de la espada. "La pluma es famosa por ser inmensamente más poderosa que la espada, y el poder de las ideas (de las doctrinas) sobrevive a la autoridad de los gobiernos. Ni siquiera los mayores imperios, al depender del poder de la espada, pueden durar para siempre. Los poderes espiritual e ideológico son más fuertes a largo plazo", precisa el filósofo Lou Marinoff, en su libro "Más Platón y menos Prozac".

    Muchos han llegado al extremo de "profetizar" el fin de la filosofía. Así lo planteó el filósofo Augusto Comte en el siglo XIX, porque lo que éste llamaba la etapa metafísica había sido superada por la etapa positiva, en la que la filosofía viene a ser reemplazada por las ciencias positivas. Y desde Comte se sigue "hablando" del fin de la filosofía. Sin embargo, la filosofía sigue y seguirá muy viva. Algunas formas de filosofar es posible que tengan un fin. "Se puede hablar, por ejemplo, de un fin del cartesianismo, de lo que se ha llamado la metafísica de la subjetividad; hay un fin de la metafísica de la subjetividad como hay un fin del platonismo… De manera que podemos hablar de un fin del platonismo, de un fin de la metafísica de la subjetividad, pero no de un fin de la filosofía", aclara el filósofo Danilo Cruz Vélez en una entrevista publicada en INTERNET.

    El humanista Desiderio Erasmo de Rótterdam considera que las posturas filosóficas tradicionales y que antecedieron a su tiempo (doctrina escolástica-aristotélica) son disquisiciones vacuas e insostenibles, porque no son una filosofía vital. Los filósofos tradicionales "no saben nada, pero afirman que lo saben todo; no se conocen a sí mismo, a veces no logran darse cuenta de los hoyos o de las rocas que tienen delante, porque la mayoría están en las nubes. Y, sin embargo, proclaman con orgullo que ven bien las ideas, los universales, las formas separadas, las materias primeras, las quididades, las haeccitates, todas estas cosas tan sutiles que ni siquiera Linceo, en mi opinión, lograría penetrar con su mirada", señala mordazmente en su "Elogio de la Locura".

    El antagonismo hacia los filósofos, muchas veces injustificadamente incomprendidos y vilipendiados, podría radicar en su dialéctica y en su poderoso arsenal de preguntas complejas con muy pocos resultados prácticos en sus respuestas. Además, por ser acusados de charlatanes, ilusos, pedantes, pomposos, inútiles, irreverentes, hipócritas y egocéntricos. "Aunque haya mucho de exageración y de generalización injusta en estas acusaciones es preciso aceptar que no carecen en buena parte de razón", aclara un profesor de filosofía: Fernando Savater. Así se critique a los filósofos por sus términos aparentemente abstractos, incomprensibles, obsoletos y extranjeros, es necesario comprender que "filosofar es una tradición antigua y ciertos términos son aportaciones muy valiosas que nos permiten pensar a partir de lo ya pensado y no empezar a cada momento desde cero".5 El filósofo Jorge Restrepo Trujillo, en su libro Filosofía para profanos, plantea que los problemas, la terminología y los supuestos de la filosofía con frecuencia son motivo de distanciamiento de las personas comunes y corrientes, y aclara que, como en otras ciencias, así tiene que ser; pero reconoce que eso impone un esfuerzo de vulgarización, en la acepción noble del término, y de difusión de preocupaciones que, para aspirar a su validez universal, deben llegan hasta las conciencias menos favorecidas.

    A pesar de que algunos términos son confusos, la filosofía debe distinguirse por su lenguaje original y específico, ya que no se trata de saberes esotéricos ni exotéricos, sino de conocimientos especializados. "Los filósofos son famosos por sus vocabularios privados. Por su puesto, hay algunas palabras que tienen una reputación tradicional en filosofía. Aunque estas puedan no ser usadas por todos los escritores en el mismo sentido, son, sin embargo, palabras técnicas en la discusión de ciertos problemas. Pero los filósofos, a menudo, encuentran necesario acuñar nuevas palabras o tomar alguna palabra de uso común y convertirla en una palabra técnica. Esta última conducta corre el riesgo de resultar muy engañosa para el lector que supone conocer qué es lo que la palabra significa, y por consiguiente, la trata como una palabra común".6 Restrepo Trujillo advierte que la filosofía ha tenido que distinguir entre un auditorio especializado y la gente común, razón por la cual debe propenderse por una instancia pedagógica que los comunique, para evitar que este saber no sea más que una especulación científica importante.

    Quienes afirman que la filosofía es inútil, también deberían afirmar lo mismo de la religión (por citar sólo un respetuoso ejemplo), a la cual generalmente defienden (sin saber en realidad por qué) y siguen con mucha "fe". Si tenemos en cuenta que la religión tiene más seguidores que la filosofía, serían muchos los que estarían bajo la influencia de algo baladí, y peor aún: movidos "espiritualmente" por doctrinas y dogmas inútiles y, además, profundamente alienadoras y masificadoras, ya que la religión (no importa cuál) contiene esos dos elementos despersonalizantes. Por comodidad y pereza mental un gran "rebaño" prefiere creer, debido a que no le cuesta ningún esfuerzo mental ni académico; en cambio, filosofar implica razonar, dialogar, estudiar, buscar, observar, refutar, controvertir, analizar, cuestionar, criticar, investigar, trabajar, dudar, curiosear, asombrarse, es decir, pensar, y pensar es difícil y a muchos no les agradan las cosas difíciles. Vivir y pensar como el rebaño es cómo, pensar es incómodo. Salir del rebaño requiere "arriesgarse". Sigmund Freud, en este sentido nos dice que la oposición al rebaño, el cual rechaza todo lo nuevo y desacostumbrado, supone la separación de él y es, por lo tanto, temerosamente evitada. El mundo moderno está más interesado en las respuestas que en los procesos de pensamiento que hay tras la respuesta. Este estilo de vida impide al hombre percatarse de su triste condición humana, de su falta de libertad. No puede desarrollar y fortalecer su conciencia crítica. ¡Eso sí, hay que reconocerlo: la filosofía es una ciencia difícil! Requiere esfuerzos. "Nada importante es regalado al hombre; antes bien, tiene él que hacérselo, que construirlo", sentenció el filósofo José Ortega y Gasset. La filosofía comienza exigiendo un esfuerzo, continúa exigiendo más esfuerzos y termina exigiendo más esfuerzos. Donde casi todo se pone siempre en tela de juicio, donde no rige ningún supuesto ni método tradicional, donde hay que tener siempre ante los ojos los complejísimos problemas de la ontología, el trabajo no puede ser fácil. El estudio de la filosofía requiere de un esfuerzo continuo para analizar, interpretar y explicar de una manera lógica las creencias y valores humanos.

    Si la filosofía no produce dinero, tampoco lo hace la religión. En nombre de la filosofía no se han cometido tantas tropelías y vejaciones; en nombre de la religión, muchas a través de su intolerancia, su dogmatismo, su mesianismo, su fundamentalismo y su fanatismo. Aquí no se trata de defender la filosofía por defenderla simplemente, sino para que se le "haga justicia" a la hora de valorarla y se piense antes de tratar de proscribirla por el simple hecho de incomodar a las mentes adormecidas y tratar de alejar a las personas del "rebaño".

    Nuestra realidad exige que pensemos profundamente. Pero, ¿qué significa pensar? Meditar. Razonar. Reflexionar. Pensar es un volver sobre las cosas. El volver sobre las cosas supone antes un partir de las cosas. El origen del filosofar está en el partir de las cosas. Para pensar es necesario partir de la vida cotidiana, para pensar desde afuera. Si pretendemos pensar, debemos separarnos de la cotidianidad. Para filosofar es necesario salirnos del mundo de la cotidianidad. Para entender la filosofía hay que romper con el mundo cotidiano. El que quiera aprender a filosofar debe empezar por tomar conciencia de lo cotidiano y lentamente empezar a romper con ello. Para el que vive perdido en el mundo de la cotidianidad, el filosofar no tiene sentido, y no lo tiene porque no piensa.

    A propósito, ¿qué es cotidianidad? Jaime Rubio Angulo, profesor de la Universidad perfecto Tomás, sostiene que la cotidianidad es, ante todo la organización diaria de la vida, la repetición y reiteración de las actividades. En lo cotidiano las cosas, las acciones, las personas, los movimientos y toda circunstancia ambiental son datos que se aceptan como algo conocido. La cotidianidad es una especie de tiranía de un poder impersonal, anónimo, que impone a cada persona su comportamiento, su modo de pensar, sus gustos, su protesta.

    ¿La filosofía puede resolver la crisis actual? Puede intervenir en la crisis, pero no resolverla. ¿Pero qué es lo que está en crisis: la ciencia, la técnica o la política? Según el filósofo colombiano Danilo Cruz Vélez, lo que está en crisis en el mundo actual no es la ciencia, la técnica o la política; "lo que está en crisis en el mundo actual es el mundo".7 ¿Pero cuál mundo? "El horizonte de la vida humana –responde Cruz Vélez- constituido por un sistema de seguridades que le permiten al hombre establecer relaciones firmes y claras con la realidad y orientarse sin titubeos respecto a sus tareas y sobre el modo cómo debe obrar".8 El hombre en este contexto "no sabe a qué atenerse respecto a las cosas y al prójimo, ni sabe qué es lo que debe hacer ni cómo debe comportarse".9 El hombre busca una salida a este mundo en crisis a través de la filosofía, porque dicha salida no puede encontrarse en la ciencia, la técnica o la política. A pesar de que el Positivismo pretenda considerar a la filosofía como un estado del espíritu humano ya superado por las ciencias positivas o fácticas, la salida a la crisis le incumbe exclusivamente a la filosofía. (Positivo quiere decir cierto, efectivo, verdadero y que no ofrece duda). "En la superación de una crisis histórica obran otras fuerzas, algunas de las cuales son totalmente desconocidas. Pero mediante una reactivación de sus viejas preguntas por el ser del hombre y de su mundo peculiar, por el ethos, por el ser de la historia, por el ser de la comunidad y del Estado, etc., que parecen haber caído en el olvido, la filosofía podría esclarecer algunas dimensiones esenciales de la crisis y ayudarle al hombre actual a ver con claridad en el túnel oscuro en que se encuentra y a mirar en la dirección hacia un nuevo mundo".10 El saber filosófico y su quehacer, arraigados desde hace tanto tiempo y con tan buenos resultados, no pueden desconocerse a la hora de buscar soluciones concretas a cualquier crisis que involucre al ser del hombre.

    Pero para esta tarea la filosofía, cuyo final pregonan ciertos "filósofos", tendrá que repensarse y reflexionar sobre sí misma, regresando a su figura originaria, tal como lo propone Cruz Vélez. "¿Regresando de dónde? De los campos de las diversas ciencias particulares surgidas de su propio seno, con las cuales ha tenido siempre la tendencia a confundirse".11 Reflexionar sobre sí misma implica su purificación, volver a su mismidad. Reflexionar sobre la justicia, sobre el Estado y sus diversas formas de gobierno, sobre la ley el derecho, sobre las relaciones entre individuo y Estado, como lo propuso Platón en La República, quien trató de unificar el poder político y la filosofía. A pesar de que desde Platón hasta el presente muchas cosas han cambiado, todo, estructuralmente, es lo mismo. En este ámbito solamente los filósofos pueden ejercer adecuadamente la función de afanarse, "por medio del pensar constructivo y de la crítica, en torno al ser de todo lo humano y en torno de las condiciones esenciales de la posibilidad de una coexistencia de los hombre concorde con el ser del hombre".12 Así, la filosofía sería teoría y praxis. No se ocuparía sólo de interpretar el mundo, sino de transformarlo, como reclamaba Marx. Los filósofos no sólo serían meros observadores; también se convertirían en pensadores de acción, en guardianes diligentes respecto al ser concreto del hombre.

    En nuestro contexto, para las personas carentes de conciencia crítica y que tienen un espíritu utilitario, la filosofía está en crisis. "Actualmente, muchos hablan de una crisis de la filosofía, de la superación de las fronteras ideológicas y del establecimiento de una imagología, del poder de la imagen para seducir a la opinión pública y así alcanzar determinados fines políticos, económicos, sociales y culturales. Se proclama el triunfo de lo pragmático sobre lo teórico. La vida es practicidad ante todo, porque el hombre contemporáneo se desenvuelve en una cotidianidad que le exige un máximo de eficiencia y de rendimiento. Lo ideo-filosófico pasa a un segundo plano, especialmente porque la actividad teorética se ve envuelta, de continuo, en una serie de planteamientos antagónicos, contradictorios, excluyentes entre sí, causando en el gran público confusión y desorientación".13 La crisis de la filosofía sólo está en la mente de quienes reducen a la consecución de sucedáneos como el poder, el éxito, el placer por el placer, la fama… El quehacer filosófico muestra que éstos producen satisfacción momentánea, no una existencia auténtica, una vida profundamente vivida.

    Una gran parte de la inmensa cantera de donde se extraen las rocas que pretenden obstaculizar el devenir filosófico se encuentra, a demás de la modernidad y la postmodernidad, en la afirmación marxista que los filósofos no han hecho sino interpretar el mundo de diferentes maneras, lo que importa es transformarlo. "El activismo irresponsable de hoy no puede privar al hombre del desarrollo de una de sus dimensiones constitutivas, la racionalidad. Al docente y al estudiante de filosofía de hoy les corresponde recuperar, en este contexto adverso, a la razón como instrumento social de creación, tal como lo definió Kant. Esta recuperación comienza cuando se generan en el alumno procesos de pensamiento más allá de lo obvio, cuando se efectúan construcciones intelectuales del alto nivel y cuando se da el paso decidido de un estar ingenuo frente a las cosas; estar en el que el individuo cree saberlo todo y se siente seguro ante aquello que se le aparece porque le incumbe en cuanto lo usa; estar dominado por la opinión, a un estar consciente, crítico-reflexivo, productor de un nuevo conocimiento y de un nuevo comportamiento ético-existencial y ético-intelectual de la persona en el mundo, como lo describe magistralmente Platón en la Alegoría de la Caverna".14

    En este mundo donde el hombre tiene prisa por llegar, no se sabe adónde, pero cuanto antes; que no vive de acuerdo a como piensa; que no sabe dónde está, para dónde va y qué es lo que quiere; que ignora que vivir no sólo es estar en el mundo, y que no es coherente con lo que piensa, siente y hace, si se interesa por la filosofía, no se perderá en la oscuridad del desmedido afán por el dinero. Goethe, en Los sufrimientos del joven Werther, nos dice que la vida del hombre es sólo un sueño, y los hombres, como los niños, no saben de dónde vienen, para dónde van, ni persiguen fines verdaderos, y sólo dan tumbos por esta tierra.

    El periodista colombiano Andrés Salcedo afirma, con relativo fundamento, que "las únicas respuestas serias y confiables no las han dado los filósofos sino los matemáticos y astrofísicos como Stephen Hawking. Los grandes filósofos de nuestro siglo (XX) son los físicos atómicos, los astrónomos, los neurólogos. Sus respuestas son más claras y esclarecedoras que los complicados enunciados de los filósofos en las universidades. Uno de estos profesores podría leer y explicar la filosofía de Kant pero sería incapaz de aclararle a un joven neurotizado por un entorno patológico lo que es la vida porque no lo saben. Los filósofos occidentales han dejado de hacerse preguntas, son incapaces de calmar la angustia de la sociedad cultural".15 El psicoanalista francés Oreste Saint-Drome se pregunta si puede un filósofo responder directamente a una sola de las preguntas que nos asaltan en nuestra vida cotidiana. "El método científico se aplica a todo y a todo, especialmente a la sociedad. Fuera los aficionados y los charlatanes; sitio par los especialistas y los expertos… Platón y perfecto Tomás al armario. La política se inspira en Newton y en Darwin".16 La filósofa Matilde Niel llama la atención porque el desarrollo de la tecnología ha hecho surgir la moralidad tecnológica, cuyas virtudes son la investigación aprovechable, la sujeción a la necesidad de producción y rendimiento, el interés por la cantidad y la eficiencia. En esta moralidad los nuevos pecados mortales son la investigación desinteresada, el arte, la poesía y el pensamiento filosófico, entre otras manifestaciones humanizantes. El catedrático Roubault, de la Universidad de Nency, Francia, alardea de su desprecio por las ciencias humanas. "Lo que ante todo se necesita son auténticos matemáticos, físicos, químicos, biólogos, geólogos, y nada más. Lo demás es sólo palabrería estéril y peligrosa".17 Se dice que los filósofos se interesan en saber más que nadie de todo lo imaginable aunque en la realidad no son más que charlatanes amigos de la vacua palabrería. "Y entonces, ¿quién sabe de verdad lo que hay que saber sobre el mundo y la sociedad? Los científicos, los técnicos, los especialistas, los que son capaces de dar informaciones válidas sobre la realidad".18

    A juzgar por el crudo materialismo que impera en nuestra sociedad capitalista, ávida de tecnología, inventos y descubrimientos de interés para incrementar el consumismo, es posible que estas objeciones no estén tan distantes de la realidad. Pero no se puede desconocer que brillantes científicos del siglo XX, como Neils Bohr, Ernest Rutherford y Albert Einstein (por citar solamente éstos), para poder formular sus teorías, primero debieron haber leído a los grandes filósofos como Platón, Aristóteles, Francis Bacon, René Descartes, John Loche, David Hume, Inmmanuel Kant y Augusto Comte, entre otros, fundamentadores y teóricos del conocimiento científico. Posiblemente algunos científicos no son filósofos de oficio, pero esto no implica que no sepan filosofar. Los científicos también saben filosofar, así no sean filósofos. Los buenos científicos, para controvertir a los filósofos, primero los deben leer y entender. El filósofo José Ortega y Gasset en su Rebelión de las masas nos recuerda que Einstein necesitó saturarse de Kant y de Mach para poder llegar a su aguda síntesis, y que Kant y Mach -con estos nombres se simboliza sólo la masa enorme de pensamientos filosóficos y psicológicos que han influido en Einstein- sirvieron para liberar la mente de éste y dejarle la vía franca hacia su innovación. La importancia de Einstein para la filosofía es indudable, puesto que de sus descubrimientos resultó una nueva concepción del universo. Galileo Galilei para rebatir las ideas aristotélicas que imperaban en su tiempo retomó la filosofía de Pitágoras, Platón y Arquímedes. La obra newtoniana no se comprende sin el aporte de la influencia del naciente liberalismo y el surgimiento del empirismo. El discurso científico, por ser contrastable internamente, de acuerdo con los profesores del Gimnasio Moderno de Bogotá, Carlos Cardona S. y Uriel A. Cárdenas, la ciencia y la filosofía se enriquecen con el debate, sin el cual no podrían existir, debido a que son una actividad crítica. El debate y la crítica conforman el eje central del filosofar.

    Consideraciones en defensa de la filosofía

    Luego de este panorama un poco desalentador y pesimista (durante el cual casi me lleno de pesimismo), me dispongo por mi cuenta y riesgo, con todos mis ímpetus de filósofo y en compañía de expertos, a aventurarme por el abrupto sendero de las dificultades que implica "predicar en el desierto", sorteando las anteriores y otras objeciones, en procura de "defender" el singular arte de filosofar en la educación y en los quehaceres cotidianos, por cuanto la filosofía no es una herramienta del consumismo para "hacer plata", sino una "caja de herramientas" útiles para la construcción de proyectos de vida individual y colectiva que nos permitan una mejor comprensión de la realidad en búsqueda de una existencia auténtica. "La filosofía tiene dos dimensiones complementarias y distintas: una es su actividad específica, el filosofar; otra, el conjunto de planteamientos, doctrinas o sistemas filosóficos que se han venido elaborando desde su inicio en Grecia. Adentrarse en la filosofía significa a la vez saber y hacer filosofía. Sabe filosofía quien conoce a los filósofos y lo que ellos han dicho. Hace filosofía quien reflexiona sobre el sentido de la realidad, quien filosofa".19

    Quienes se oponen a la enseñanza de la filosofía, desconocen su importancia en esta sociedad materialista que pretende dejar la solución de los más apremiantes problemas a la ciencia; ciencia que algunas veces, viciada por ciertas circunstancias, es puesta al servicio de intenciones fútiles y utilitarias. La utilidad de la filosofía "es negada por el tecnócrata, por el hombre práctico; y sin embargo, cada época conoce filósofos y filosofías que ejercen una real fascinación e influencia".20

    Para no fracasar en la intención de relevar el valor de la filosofía, el filósofo británico Bertrand Russell, en su libro Los Problemas de la Filosofía (citado por Antonio Cardona Londoño y Young Seek Choue, en el libro La Ciudadanía Mundial), plantea que primero debemos liberar nuestras mentes de los prejuicios de quienes erróneamente se denominan hombres prácticos, y define a este pipo de hombre como "aquel que reconoce únicamente necesidades materiales, que se da cuenta de que los hombres deben disponer de alimento para el cuerpo, pero no recuerda la necesidad de suministrar alimento para el espíritu".21 El poeta José Asunción Silva, en su novela De Sobremesa, a través de su personaje José Fernández reconocía que los hombres prácticos le inspiraban la extraña impresión de miedo que produce lo ininteligible. "…un hombre práctico es el que poniendo una inteligencia escasa al servicio de pasiones mediocres, se constituye en una alternativa vitalicia de impresiones que no valen la pena sentirlas". De la concepción del "hombre práctico" se genera la sociedad anónima para la producción de la vida de emociones limitadas…

    De una falsa concepción de la vida, según Bertrand Russell, y en parte de una falsa concepción de la especie de bienes que la filosofía se esfuerza en obtener, surge la posición de que muchos, "bajo la influencia de la ciencia o de los negocios prácticos, se inclinan a dudar que la filosofía sea algo más que una ocupación inocente, pero frívola e inútil, con distinciones que se quiebran de puro sutiles y controversias sobre materias cuyo conocimiento es imposible" (Los Problemas de la Filosofía)

    Muchos piensan equívocamente que hablar de filosofía es referirse a un tema totalmente abstracto, dominado sólo por unos pocos; por eso la consideran una pérdida de tiempo y de energía. ¡Cuán equivocados están! Pareciere que "para la mayoría de la gente la filosofía está ausente de sus preocupaciones, de sus estudios, de su vida".22 Algunos consideran que su enseñanza es más procedente en la universidad que en el otrora bachillerato, hoy día educación básica secundaria y educación media vocacional.

    El hombre práctico, el tecnócrata, el utilitarista no se pregunta por su ser auténtico. En su mundo, como dice uno de los textos de bachillerato, el ser nunca se da como ser. El ser aparece ante él sólo como materia prima, y él mismo surge ante sí únicamente como el que la calcula y la domina. Perdido en su complejo mundo material ignora que la tecnocracia es una de las causas de la angustia del hombre moderno, porque no puede solucionar todos los problemas que dice abarcar. En la tecnocracia el hombre se pierde a sí mismo preocupándose por un mundo pequeño y particular. No se da cuenta de las dimensiones metafísicas de su existencia y restringe el universo a los límites de su mundo ambiente inmediato. Para el tecnócrata el universo es el sistema de lo que puede medirse y calcularse; fuera de este sistema no hay nada.

    El papel de la filosofía es fundamental para buscar salidas, racionales y acordes a la realidad, de la cárcel en la cual pretende encerrarnos el utilitarismo. Los filósofos no ignoramos que el espíritu utilitarista, que se orienta a la inmediata finalidad del interés y se opone a una concepción de la vida racional, se aleja de la dimensión estética y desinteresada de la vida. Desconociendo la auténtica finalidad de las personas durante su existencia, impone su imperativo de que el éxito material debe ser la finalidad suprema de la vida, esté donde esté, cueste lo que cueste.

    Sobre la concepción utilitarista, encarnada en los Estados Unidos, ya en los albores del siglo XX el filósofo uruguayo José Enrique Rodó, a través de su libro Ariel, hacía un vehemente llamado a la juventud latinoamericana para que superaran ese espíritu, que llevaba a la imitación del modelo utilitarista y despersonalizado de la vida norteamericana.

    A pesar de que reconocía de los Estados Unidos su grandeza y el poder de su trabajo, su filosofía del esfuerzo y de la acción, su originalidad y audacia, y su grandeza material, aceptando que sin la conquista de cierto bienestar material era imposible, en la sociedades humanas, el reino de lo espiritual, les reprochaba su tendencia a "convertir el trabajo utilitario en fin y objeto supremo de la vida"23, su preocupación por el éxito y la embriaguez por la prosperidad material, y los concebía como una sociedad con singular impresión de insuficiencia y de vacío. "Su prosperidad es tan grande como su imposibilidad de satisfacer a una mediana concepción del destino humano… Vive para la realidad inmediata del presente y por ello subordina toda su actividad al egoísmo del bienestar personal y colectivo"24. En consecuencia, no le apasiona el ideal de lo hermoso, el sentimiento de lo bello, la pasión clara de la hermosura de las cosas. "Menosprecia todo ejercicio del pensamiento que prescinda de una inmediata finalidad, por vano e infecundo"25. Como le apasiona la idealidad de lo verdadero, su ciencia no lleva un desinteresado anhelo de verdad, y la investigación es sólo el antecedente de la aplicación utilitaria. El filósofo José Ortega y Gasset recomienda que Estados Unidos todavía tiene que ser muchas cosas; entre ellas, algunas las más opuestas a la técnica y al practicismo.

    Además de las virtudes que en esa época, justicieramente, les reconocía Rodó a los Estados Unidos, es procedente exaltar el arrollador progreso material, intelectual y científico, producto de su irrefutable creatividad y laboriosidad, con lo cual le han hecho un valioso aporte al desarrollo en campos profesionales como la medicina, la psicología, la genética, la ecología, la informática, las telecomunicaciones y la astrofísica, entre otras ciencias que, interrelacionadas de manera sinérgica, contribuyen en la solución a la problemática de las enfermedades, a conocer y explorar externa e internamente nuestro cuerpo y nuestro universo. Esta actitud de trabajo y progreso, pero despojada de los mezquinos fines del utilitarismo y del pragmatismo, que nos instala inconscientemente en la rueda del hacer, del tener y del consumir, es la que los latinoamericanos debemos imitar, con el ánimo de salir del subdesarrollo porque, no menos degradante que el desmedido utilitarismo, esa condición también despersonaliza al hombre. Pero, ¡eso sí!, debemos concienciarnos que esa imitación implica una sesuda y honda reflexión filosófica, con un profundo sentido crítico, para no copiar los modelos, paradigmas y esquemas meramente utilitarios que han hecho de esa poderosa nación, una civilización que quiere imponernos su cultura, que se cree el amo y señor de vidas, países y riquezas, que se endiosa con el poder, creyéndose el país todopoderoso con el soberano derecho de invadir, dominar, oprimir, quitar y poner presidentes. No es digno de imitar su doble moral, su nivel de vida profundamente vacío y sin sentido, y su pobreza espiritual a pesar de su inconmensurable riqueza material.

    En este sentido, el profesor Hernando Barragán Linares, en su libro Filosofía Moderna, advierte que no es recomendable el modelo norteamericano para Latinoamérica, a pesar de que ha influido demasiado en nuestra forma de ser y de pensar. Queremos imitarlo y lo admiramos por el desconocimiento y la visión negativa de nuestra propia historia. Pensamos que Norteamérica es el modelo para los latinoamericanos, que su progreso debe ser imitado, y con él todas las formas de vida, su deshumanización, su mecanización de las relaciones, su capitalismo generador de grandes conflictos sociales, su ansia de dominación, su afán de producción y el carácter práctico de todas sus relaciones, mediante el cual ha procurado crear el ídolo del dinero.

    Muchas personas, por falta de sentido crítico, de espíritu crítico, de criticidad, que se adquiere en contacto con el maravilloso mundo de la filosofía, sumidos en la dinámica utilitarista, tienen una concepción equívoca del éxito. Éste, que no es más que la conquista de circunstancias, lo conciben como uno de los más altos y caros ideales, que sólo alcanzan los protagonistas del mundo del espectáculo y de la farándula, de la política y la economía, los famosos y los millonarios, los grandes deportistas y los empresarios, entre otros pocos privilegiados. Con su mentalidad de hombres del "rebaño", están convencidos de que el éxito solamente está reservado para un atractivo grupo de privilegiados por el dinero, el talento, la creatividad y las habilidades para ciertas actividades que dan popularidad, fama y dinero. Ese tipo de seres humanos se sienten unos fracasados al no ser tenidos en cuenta como "exitosos" dentro de la concepción utilitarista del éxito. Como se sienten inferiores a los "exitosos", ven a éstos como referentes que hay que imitar e íconos que es necesario idolatrar hasta el ignominioso extremo de perseguirlos, sin importar las consecuencias, con tal de obtener un "autógrafo". ¡Jóvenes, esta actitud del "rebaño" es profundamente degradante! Ellos no son más o menos importantes que nosotros. ¡Somos iguales! No somos superiores o inferiores a los demás; simplemente somos diferentes, por cuestión de circunstancias y de oportunidades. Si filosofamos tendremos perfectamente clara esta inobjetable realidad.

    Las figuras o personajes públicos tienen una responsabilidad y compromiso ético y social, por cuanto, en cierta manera, son el modelo, el referente y los "educadores" de muchos jóvenes, quienes los ven como ejemplo a emular para ser famosos igual que ellos. Por eso se requiere que la juventud se forme filosóficamente para que no se deje deslumbrar por el oropel de la fama, del supuesto "éxito", imitando ciegamente a los seudoídolos, que no siempre la conducen por el difícil camino que lleva al triunfo. ¿Acaso ignoran que muchos de estos ídolos de barro no son un ejemplo digno de imitar, debido a que son protagonistas de frecuentes escándalos, divorcios reiterados (en perjuicio de sus hijos menores), consumo de drogas, alcoholismo, agresividad y hasta pedofilia?

    En cuanto al éxito, en este pragmático y frío mundo de competencia, el filósofo Bertrand Russell, en su libro La conquista de la felicidad, sostiene que el hombre de negocios, en este mundo de competencia, piensa que lo que obstaculiza su felicidad es la lucha por la vida, entendida como la lucha por el éxito. Mientras no sólo desee éxito, sino que esté persuadido de todo corazón de que el deber del hombre es la persecución del éxito, y de que quien no lo consiga es un infeliz, su vida será demasiado ansiosa y desconcentrada para ser dichoso. Si bien es cierto que es importante el éxito y el dinero, el hombre no puede sacrificar su vida en aras de conseguirlos. El éxito y el dinero son sólo ingredientes de la felicidad, pero no la felicidad total. La raíz del mal está en la importancia que se concede al éxito en la competencia como la mayor fuente de felicidad. El hombre de negocios, en constante búsqueda del éxito y del dinero, descuida sus hijos, su esposa y su descanso. Es un esclavo del éxito o del dinero. No lee y no disfruta de los placeres de la lectura y de otros deleites. De esta infelicidad, en parte, es responsable la educación, que se centra en formar personas para la competencia, para la búsqueda incansable del éxito, para la obtención del dinero. A menos que se le enseñe al hombre qué es lo que tiene que hacer con el éxito después de conseguirlo, su consecución le llevará inevitablemente al aburrimiento. La infelicidad del hombre de negocios proviene de creer que la vida es lucha, competencia, y que sólo se respeta al vencedor.

    El filosofar no se opone al éxito; al contrario, el que hacer filosófico se orienta a la búsqueda del auténtico éxito, porque estamos insertados en una sociedad que así lo exige. Pero no se trata de cualquier éxito; se trata del verdadero éxito, el éxito que humanice y no el seudoéxito que despersonalice. Pero, ¿qué es el éxito? He ahí un problema que inquieta a la filosofía. Tal vez no haya una respuesta absoluta. Cada quien tiene su noción y su vivencia del éxito. Algunos dicen que es el resultado de una empresa, acción o suceso, especialmente buen resultado. Ese éxito tendría relación con el éxito material. Otros dicen que es la aprobación pública. Ese éxito estaría estrechamente relacionado con el que alcanzan los personajes públicos. Personas que se preocupan por el verdadero éxito conciben el éxito como una conquista de circunstancias, como poder hacer lo que uno quiere y puede, lo que uno ama, lo que se hace con amor. En este sentido, el éxito se relaciona con la obtención de grandes o pequeños logros que nos llenan de satisfacción. El éxito es alcanzar lo que uno se propone. Es la capacidad de convertir en realidad los deseos fácilmente. Es el continuo crecimiento permanente de la felicidad y la realización progresiva de unas metas dignas. No sólo incluye la creación de riqueza (uno de sus componentes), sino que también es un proceso que requiere mucho esfuerzo, y que muchas veces se logra a expensas de los demás, pero sin dañar ni atropellar a nadie. Tiene éxito quien logra alcanzar grandes o pequeñas metas del hacer, del tener y, principalmente, del ser. Logra el éxito quien posee y es capaz de armonizar sinérgicamente la inteligencia operativa, emocional y financiera. La operativa le facilita enfrentar y resolver los problemas que se presentan en el diario transcurrir; la emocional le permite armonizar los sentimientos con la razón, y la financiera sirve para conseguir, hacer producir, conservar y gastar racionalmente el dinero (una sinergia entre contabilidad, inversiones y leyes). ¿Cuál éxito? ¿Personal o profesional? Muchos se concentran en la búsqueda del éxito profesional, descuidando el personal. Los dos se deben buscar paralelamente, porque quienes sólo persiguen el profesional, corren el riesgo de convertirse en seudoexitosos, como algunos seudoídolos de la farándula y del avaro e insaciable mundo de los negocios, que carecen de sustento espiritual, de la profunda vida del espíritu.

    El filosofar debe cuestionar, repensar y superar el utilitarismo, vacío de todo contenido ideal, que quiere imponérsenos como arquetipo o patrón de vida. ¿O es que queremos vivir bajo el modelo de la cultura norteamericana en el cual se evidencia un profundo vacío existencial que impulsa a la drogadicción, la beligerancia, la violencia, la intromisión, la dominación y la megalomanía?

    Muchos docentes, estudiantes y padres de familia se preguntan si tiene sentido mantener la asignatura de filosofía en la educación básica secundaria y media vocacional. "¿Se trata de una mera supervivencia del pasado, que los conservadores ensalzan por su prestigio tradicional pero que los progresistas y las personas prácticas deben mirar con justificada impaciencia? ¿Pueden los jóvenes, adolescentes más bien, niños incluso, sacar algo en limpio de lo que a su edad debe resultarles un galimatías? ¿No se limitarán en el mejor de los casos a memorizar unas cuantas fórmulas pedantes que luego repetirán como papagayos? Quizá la filosofía interese a unos pocos, a los que tienen vocación filosófica, si es que tal cosa aún existe, pero ésos ya tendrán en cualquier caso tiempo de descubrirla más adelante".26 Sin embargo, la filosofía sigue preocupando a educadores comprometidos con el destino del hombre y a estudiantes inquietos, porque es una asignatura diferente, que despierta inquietudes capaces de involucrarlos en una constante búsqueda de respuestas a los interrogantes que afectan al hombre, cada vez más ávido de encontrarle el horizonte a su incierta existencia. La esencia de las cuestiones filosóficas consiste en indagar la última esencia, el significado extremo, la raíz más profunda de una realidad. La filosofía se hace las preguntas radicales, aquellas que necesitamos responder para estar en claro, para saber a qué atenernos, para orientarnos sobre el sentido del mundo y de nuestra vida, para saber quiénes somos y qué tenemos que hacer y qué podemos esperar, qué será de nosotros. La pregunta se refiere a la última esencia y a las más profundas raíces de una realidad. La filosofía –señala José Luís Dell"Ordine- es el descubrimiento de un horizonte de preguntas ineludibles. Volverse de espaldas a ellas es renunciar a ver, aceptar una ceguera parcial, contentarse con lo penúltimo. Significa, pues, la filosofía un incalculable enriquecimiento del mundo. Es además una disciplina moral: la exigencia de no engañarse, de no aceptar como evidente lo que no lo es. (Sin que esto quiera decir que hay que rechazar lo que no es evidente, porque muy pocas cosas lo son.) Es sobre todo, una llamada a la lucidez, a ese "señorío de la luz sobre las cosas y sobre nosotros mismos", de que hablaba Ortega y Gasset. Y con ello, una llamada a la autenticidad, a la verdad de la vida, a ser cada uno quien verdaderamente pretende ser. Entre muchas certezas y conocimientos, necesitamos una certidumbre radical, tenemos que buscarla, si queremos vivir como hombres lúcidamente, y no a ciegas o como sonámbulos. La filósofa Mónica Marcela Jaramillo, de la Universidad Industrial de Santander, nos dice que "nunca ha parecido más urgente emprender una reflexión común sobre la importancia de la filosofía y de la actividad filosofante, que en el difícil contexto de una aguda situación de crisis política y social".


    Partes: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11


    Son muchas las preguntas que surgen a la hora de hablar de "enseñar" filosofía: "¿Enseñar filosofía aún cuando el mundo parece que no quiere más que soluciones inmediatas y prefabricadas, cuando las preguntas que se aventuran hacia lo insoluble resultan tan incómodas? Planteemos de otro modo la cuestión: ¿acaso no es humanizar de forma plena la principal tarea de la educación?, ¿hay otra dimensión más propiamente humana, más necesariamente humana que la inquietud que desde hace siglos lleva a filosofar?, ¿puede la educación prescindir de ella y seguir siendo humanizadora en el sentido libre y antidogmático que necesita la sociedad democrática en la que queremos vivir?"27. A pesar de todos estos interrogantes, la materia tiene demasiada importancia en el proceso de formación del estudiante, debido a que lo enseña a pensar crítica y reflexivamente.

    La falta de una sólida estructura filosófica es la responsable de que "la formación filosófica de nuestra juventud se haya convertido en reproche unánime y ya indiscutible. La casi totalidad de nuestros bachilleres se contentan con una muy superficial ilustración filosófica, pues ella les basta para superar con éxito un examen. Para casi todos, la filosofía es, dentro del bachillerato, la asignatura más tediosa, más difícil y hasta la más inútil para su vida. Después, cuando el joven se le planteen serios problemas que comprometen su ideología y su credo religioso, lo vemos inseguro, persuadido de que no puede discutir en filosofía y de que lo aprendido en el bachillerato ya no vale. Sin fundamentos y desorientado, opta por un escepticismo ruinoso, sin

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