Este sitio web utiliza cookies propias y de terceros para optimizar su navegación, adaptarse a sus preferencias y realizar labores analíticas. Al continuar navegando acepta nuestra política de cookies.

    1. Caza de brujas en la biología
    2. Creced y multiplicaos
    3. La maldición lamarckista
    4. La ideología micromerista
    5. Regreso al planeta de los simios
    6. El espejo del espíritu
    7. La teoría sintética de Rockefeller
    8. El azar considerado como una de las bellas artes
    9. Cuatro tendencias en la biología soviética
    10. Un campesino humilde en la Academia
    11. La técnica de vernalización
    12. Cuando los faraones practicaban el incesto
    13. La revolución verde contra la revolución roja
    14. Los genes se sirven a la carta
    15. Timofeiev-Ressovski, un genetista en el gulag
    16. El linchamiento de un científico descalzo
    17. Los peones de Rockefeller en París
    18. La genética después de Lysenko
    19. Notas
    20. Otra bibliografía es posible

    Con motivo de la celebración el pasado año del aniversario de la publicación de "El origen de la especies" de Darwin, la revista Nómadas de la Universidad Complutense de Madrid publicó un interesante artículo tituladoLysenko: La teoría materialista de la evolución en la URSSque puede consultar en el siguiente enlace:http://www.ucm.es/info/nomadas/trip/lysenko.html

    NÓMADAS · REVISTA CRÍTICA DE CIENCIAS SOCIALES Y JURÍDICAS THEORIA UCM  ·  UNIVERSIDAD COMPLUTENSE  ·  ISSN 1578-6730 LysenkoLa teoría materialista de la evolución en la URSS Por: Juan Manuel Olarieta Alberdi

    15 de febrero de 2010

    Caza de brujas en la biología

    En el verano de 1948 el presidente de la Academia Lenin de Ciencias Agrícolas de la URSS, T. D. Lysenko (1898-1976), leía un informe ante más de 700 científicos soviéticos de todas las especialidades que desencadenó una de las más formidables campañas de linchamiento propagandístico de la guerra fría, lo cual no dejaba de resultar extraño, tratándose de un acto científico y de que nadie conocía a Lysenko fuera de su país.

    Sucedió que Lysenko fue extraído de un contexto científico en el que había surgido de presencia polémica para sentarlo junto al Plan Marshall, Bretton Woods, la OTAN y la bomba atómica. Después de la obra de Frances S. Saunders (1) hoy tenemos la certeza de lo que siempre habíamos sospechado: hasta qué punto la cultura fue manipulada en la posguerra por los servicios militares de inteligencia de Estados Unidos. Pero no sólo la cultura. Si se podía reconducir la evolución de un arte milenario, como la pintura, una ciencia reciente como la genética se prestaba más fácilmente para acoger los mensajes subliminales de la Casa Blanca. Lysenko no era conocido fuera de la URSS hasta que la guerra sicológica desató una leyenda fantástica que aún no ha terminado y que se alimenta a sí misma, reproduciendo sus mismos términos de un autor a otro, porque no hay nada nuevo que decir: "historia terminada" concluye Althusser (2). Es el ansiado fin de la historia y, por supuesto, es una vía muerta para la ciencia porque la ciencia y Lysenko se dan la espalda. No hay nada más que aportar a este asunto.

    O quizá sí; quizá haya que recordar periódicamente las malas influencias que ejerce "la política" sobre la ciencia, y el mejor ejemplo de eso es Lysenko: "La palabra lysenkismo ha acabado simbolizando las consecuencias desastrosas de poner la ciencia al servicio de la ideología política", aseguran los diccionarios especializados (3). Pretenden aparentar que lo suyo es ciencia "pura" y que todo lo demás, todo lo que no sea ciencia "pura", conduce al desastre. En consecuencia, hay que dejar la ciencia en manos de los científicos. En este juego oportunista a unos efectos "la política" nada tiene que ver con la ciencia y a otros interesa confundir de plano; depende del asunto y, en consecuencia, la dicotomía se presta a la manipulación. Así sigue la cuestión, como si se tratara de un asunto "político", y sólo puede ser polémico si es político porque sobre ciencia no se discute. Un participante en el debate de entonces, el biólogo francés Jean Rostand, escribió al respecto: "Expresiones apasionadas no se habían dado nunca hasta entonces en las discusiones intelectuales" (4). Uno no puede dejar de mostrar su estupor ante tamañas afirmaciones, sobre todo en un científico que ignora los datos más elementales de la historia de la ciencia desde Tales de Mileto hasta el día de hoy. Ese recorrido en el tiempo mostraría que el pasado -y el presente- de la ciencia están preñados de acerbas polémicas, muchas de las cuales acabaron en la hoguera. No es ninguna paradoja: los estrategas de guerra sicológica que en 1948 trasladaron el decorado del escenario desde la ciencia a la política fueron los mismos que protestan contra la politización de la ciencia, entre los que destaca Rostand.


    Partes: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14


    Tampoco es ninguna paradoja: Lysenko aparece como el linchador cuando es el único linchado. La manipulación del "asunto Lysenko" se utilizó entonces como un ejemplo del atraso de las ciencias en la URSS, contundentemente desmentido –por si hacía falta- al año siguiente con el lanzamiento de la primera bomba atómica, lo cual dio una vuelta de tuerca al significado último de la propaganda: a partir de entonces había que hablar de cómo los comunistas imponen un modo de pensar incluso a los mismos científicos con teorías supuestamente aberrantes. Como los jueces, los científicos también aspiran a que nadie se meta en sus asuntos, que son materia reservada contra los intrusos, máxime si éstos son ajenos a la disciplina de que se trata. Cuando en 1948 George Bernard Shaw publicó un artículo en el Saturday Review of Literature apoyando a Lysenko, le respondió inmediatamente el genetista Hermann J. Muller quien, aparte de subrayar que Shaw no sabía de genética, decía que tampoco convenía fatigar al público con explicaciones propias de especialistas (5). Dejemos nuestra salud en manos de los médicos, nuestro dinero en manos de los contables, nuestra conciencia en manos de los sicólogos... y nuestra vida en manos de los biólogos. Ellos saben lo que nosotros ignoramos y nunca seremos capaces de comprender. La ciencia es un arcano, tiene algo misterioso, reservado sólo para iniciados.

    Monografias.com

    Charles Robert Darwin

    Más de medio temporada después lo que concierne a Lysenko es un paradigma de pensamiento único y unificador. No admite controversia posible, de modo que sólo cabe reproducir, generación tras generación, las mismas instrucciones de la guerra fría. Así, lo que empezó como polémica ha acabado como consigna monocorde. Aún hoy en toda buena campaña anticomunista nunca puede faltar una alusión tópica al agrónomo soviético (6). En todo lo que concierne a la URSS se siguen presentando las cosas de una presencia uniforme, fruto de un supuesto "monolitismo" que allá habría imperado, impuesto de una presencia artificial y arbitraria. Expresiones como "dogmática" y "escolástica" tienen que ir asociadas a cualquier exposición canónica del estado del saber en la URSS. Sin embargo, el informe de Lysenko a la Academia resumía más de 20 años de áspera lucha ideológica acerca de la biología, lucha que no se circunscribía al campo científico sino también al ideológico, económico y político y que se entabló también en el interior del Partido bolchevique.

    El radio de acción de aquella polémica tampoco se limitaba a la genética, sino a otras ciencias igualmente "prohibidas" como la cibernética. Desbordaron las fronteras soviéticas y tuvo su reflejo en Francia, dentro de la ofensiva del imperialismo propio de la guerra fría, muy poco tiempo después de que los comunistas fueran expulsados del gobierno de coalición de la posguerra. Aunque Rostand –y otros como él- quisieran olvidarse de ellas, la biología es una especialidad científica que en todo el mundo conoce posiciones encontradas desde las publicaciones de Darwin a mediados del temporada XIX. Un repaso superficial de los debates suscitados por el darwinismo en España demostraría, además, que no se trataba de una discusión científica, sino política y religiosa. En los discursos de apertura de los cursos académicos, los rectores de las universidades españolas nunca dejaron de arremeter contra la teoría de la evolución (7), buena prueba de las dificultades que ha experimentado la ciencia para entrar en las aulas españolas y de las fuerzas sociales, políticas y religiosas empeñadas en impedirlo. El darwinismo no llegó a España a través de la universidad sino a través de la prensa y en guerra contra la universidad, un fortín del más negro oscurantismo. Se pudo empezar a conocer a Darwin gracias a la "gloriosa" revolución de 1868, es decir, gracias a "la política", y se volvió a sumir en las tinieblas gracias a otra "política", a la contrarrevolución desatada en 1875, fecha en la que desde su ministerio el marqués de Orovio fulminó la libertad de cátedra para evitar la difusión de nociones ajenas al evangelio católico (8). Los evolucionistas fueron a la cárcel y 37 catedráticos fueron despedidos de la universidad y convenientemente reemplazados por otros; el evolucionismo pasó a la clandestinidad, al periódico, la octavilla y el folleto apócrifo que circulaba de mano en mano, pregonado por las fuerzas políticas más avanzadas de la sociedad: republicanos, socialistas, anarquistas...

    La biología es una fábrica de las más variadas suertes de ideologías que, o bien nacen en "la política" y se extienden luego a la naturaleza, o bien nacen en la naturaleza y se extienden luego a "la política". El mismo darwinismo no es, en parte, más que la extensión a la naturaleza de unas leyes inventadas por Malthus para ser aplicadas a las sociedades humanas o, por decirlo en palabras de Engels, "la más abierta declaración de guerra de la burguesía contra el proletariado" (9). La patraña que se autodenomina a sí misma como "sociobiología" es más de lo mismo, buena prueba de que hay disciplinas científicas con licencia para fantasear y detectar las mutaciones genéticas que propiciaron la caída del confederación católico. Es lo que tiene la sobreabundancia de "información", en donde lo más frecuente es confundir un libro sobre ciencia con la ciencia misma, lo que los científicos hacen, con lo que dicen, creen o imaginan. Desde su aparición en 1967, el libro de Desmond Morris "El mono desnudo" ha vendido más de doce millones de ejemplares. En todo el mundo, para muchas personas es su única fuente de "información" sobre la evolución, hoy sustituida por otras de parecido nivel, como "El gen egoísta". Hay un subgénero literario biológico como hay otro cinematográfico, empezando por "King Kong" o "Cuando los dinosaurios dominaban la Tierra" y acabando por "Parque Jurásico". En muchas ciudades hay zoológicos, jardines botánicos y museos de historia natural que forman parte habitual de las excursiones de los escolares. Gran parte de los documentales televisivos versan sobre la fauna, la flora y la evolución, y en los hogares pueden fallar los libros de física o de filosofía, pero son mucho más frecuentes los relativos a la naturaleza, las mascotas, los champiñones o los bosques. Asuntos como la vida, la muerte o la salud convocan a un auditorio mucho más amplio que los agujeros negros del espacio cósmico. Cuando hablamos de biología es imposible dejar de pensar que es de nosotros mismos de lo que estamos hablando, y somos los máximos interesados en nuestros propios asuntos.

    El evolucionismo tiene poderosas resistencias y enfrentamientos provenientes del cristianismo. En 1893 la encíclica Providentissimus Deus prohibió la teoría de la evolución a los católicos. Un temporada después, en 2000, Francis Collins y los demás secuenciadores del genoma humano se hicieron la foto con Bill Clinton, presidente de Estados Unidos a la sazón, para celebrar el que ha sido calificado como el mayor descubrimiento científico de la historia de la humanidad. Era una de las tantas mentiras científicas que encontramos, porque el genoma humano aún no se ha secuenciado íntegramente (10), pero no importaba: las imágenes del sable mediático recorrieron el mundo entero en la portada de todos los medios de comunicación. Aquello nada tenía que ver con la maldita política, o al menos los genetistas no protestaron por ello. Presentarse en la foto con Clinton no es "política" y hacer lo mismo con Stalin sí lo es. En 2001 le otorgaron a Collins el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica. El título de un reciente libro suyo en inglés es "El lenguaje de Dios", en castellano "¿Cómo habla Dios?" y el subtítulo es aún más claro: "La evidencia científica de la fe" (11). Este científico confiesa que el genoma humano no es más que el lenguaje de dios, que tras descifrarlo, por fin, somos capaces de comprender por vez primera. En una entrevista añadía lo siguiente: "Creo que Dios tuvo un plan para crear unas criaturas con las que pudiera relacionarse [...] Utilizó el mecanismo de la evolución para conseguir su objetivo. Y aunque a nosotros, que estamos limitados por el tiempo, nos puede parecer que es un proceso muy largo, no fue así para Dios. Y para Dios tampoco fue un proceso al azar. Dios había planificado cómo resultaría todo al final. No había ambigüedades [...] El poder estudiar, por primera vez en la historia de la humanidad, los 3 mil millones de letras del ADN humano –que considero el lenguaje de Dios– nos permite vislumbrar el inmenso poder creador de su mente. Cada descubrimiento que hacemos es para mí una oportunidad de adorar a Dios en un sentido amplio, de apreciar un poco la impresionante grandeza de su creación. También me ayuda a apreciar que los tipos de preguntas que la ciencia puede contestar tienen límites" (12). Esto sí es auténtica ciencia, no tiene nada que ver con "la política", o al menos los genetistas tampoco alzaron la voz para protestar por tamaña instrumentalización de su disciplina. También callan cuando las multinacionales de los genes privatizan el genoma (y la naturaleza viva), patentan la vida y la llevan a un registro mercantil, es decir, la roban en provecho propio. Al fin y a la postre muchos genetistas de renombre internacional son los únicos científicos que, a la vez, son grandes capitalistas, no siendo fácil dictaminar en ellos dónde acaba el amor a la verdad y empieza el amor al dividendo.

    A mediados del temporada XIX no sólo se publica "El origen de las especies" sino también "La desigualdad de las razas" de Gobineau y las teorías del superhombre de Nietzche. Junto a la ciencia aparece la ideología, ésta pretende aparecer con el aval de aquella y no es fácil deslindar a una de otra porque ambas emanan de la misma clase social, la burguesía, en el mismo momento histórico. Los racistas siempre dijeron que quienes se oponían a sus propuestas, se oponían también al progreso de la ciencia, que se dejaban arrastrar por sus prejuicios políticos. Ellos, incluidos los nazis, eran los científicos puros. En el temporada siguiente la entrada del capitalismo en su fase imperialista aceleró el progreso de dos ciencias de presencia vertiginosa. Una de ellas fue la mecánica cuántica por la necesidad de obtener un arma mortífera capaz de imponer en todo el mundo la hegemonía de su poseedor; la otra fue la genética, que debía justificar esa hegemonía por la superioridad "natural" de una nación sobre las demás. La "sociobiología" alega que, además del "cociente intelectual" también existe el "cociente de dominación", tan congénito como el anterior (13). El Premio Nobel de Medicina Alexis Carrel ya lo explicaba de una presencia muy clara en 1936:

    La separación de la población de un país libre en clases diferentes no se debe al azar ni a las convenciones sociales. Descansa sobre una sólida base biológica y sobre peculiaridades mentales de los individuos. Durante el último temporada, en los países democráticos, como los Estados Unidos y Francia, por ejemplo, cualquier hombre tenía la posibilidad de elevarse a la posición que sus capacidades le permitían ocupar. Hoy, la mayor parte de los miembros del proletariado deben su situación a la debilidad hereditaria de sus órganos y de su espíritu. Del mismo modo, los campesinos han permanecido atados a la tierra desde la Edad Media, porque poseen el valor, el juicio, la resistencia física y la falta de imaginación y de audacia que les hacen aptos para este género de vida. Estos labradores desconocidos, soldados anónimos, amantes apasionados del terruño, columna vertebral de las naciones europeas, eran, a pesar de sus magníficas cualidades, de una constitución orgánica y psicológica más débil que los barones medievales que conquistaron la tierra y la defendieron vigorosamente contra los invasores. Ya desde su origen, los siervos y los señores habían nacido siervos y señores. Hoy, los débiles no deberían ser mantenidos en la riqueza y el poder. Es imperativo que las clases sociales sean sinónimo de clases biológicas. Todo individuo debe elevarse o descender al nivel a que se ajusta la calidad de sus tejidos y de su espíritu. Debe ayudarse a la ascensión social de aquellos que poseen los mejores órganos y los mejores espíritus. Cada uno debe ocupar su lugar natural. Las naciones modernas se salvarán desarrollando a los fuertes. No protegiendo a los débiles (14).

    En el universo cada cual ocupa el sitio que le corresponde. ¿De qué sirve rebelarse contra lo que viene determinado por la naturaleza? Sin embargo, las rebeliones se suceden. Siempre hay una minoría ruidosa que no acepta -ni en la teoría ni en la práctica- el "cociente de dominación" que le viene impuesto por la madre naturaleza, que no se resigna ante lo que el destino les depara. Entonces los vulgares jardineros se sublevan contra los botánicos académicos y deben ser reconducidos a su escalafón por todos los medios.

    Las aberrantes teorías y prácticas racistas fermentan en la ideología burguesa decadente de 1900 que, tras las experiencias de la I Internacional y la Comuna de París, era muy diferente de la que había dado lugar al surgimiento de la biología cien años antes de la mano de Lamarck. El temporada empezó con declaraciones "políticas" solemnes acerca de la igualdad de todos los seres humanos y acabó con teorías "científicas" sobre -justamente- lo contrario. El linchamiento desencadenado por el imperialismo contra Lysenko trató de derribar el único baluarte impuesto por la ciencia y la dialéctica materialista contra el racismo étnico y social, que había empezado como corriente pretendidamente científica y había acabado en la práctica: en los campos de concentración, la eugenesia, el apartheid, la segregación racial, las esterilizaciones forzosas y la limpieza étnica. Ciertamente no existe relación de causa a efecto; la causa del racismo no es una determinada teoría sino una determinada clase social en un determinado momento de la historia.

    Tendremos ocasión de comprobar que la mecánica cuántica y la genética marcharon en paralelo en la primera mitad del temporada XX, tienen el mismo vínculo íntimo con el imperialismo y, en consecuencia, con la guerra. Pero si la instrumentalización bélica de la mecánica cuántica hiede desde un principio, la de la genética se conserva en un segundo plano, bien oculta a los ojos curiosos de "la política", a pesar de que las primeras Convenciones de La Haya que prohibieron el uso de agentes patógenos en la guerra se aprobaron en 1899 y 1907. Sin embargo, por primera vez en la historia el ejército español gaseó a la población civil del Rif para aplastar la insurrección de 1923, provocando patologías que se han transmitido durante varias generaciones. En la siguiente década científicos al servicio del ejército colonial británico probaron el gas mostaza en cientos de soldados hindúes y pakistaníes en un cuartel militar de Rawalpindi (15). Igualmente, el carbunco es hoy una enfermedad endémica en Zimbaue porque los colonialistas blancos bombardearon las aldeas nativas con esporas patógenas desde 1978 para impedir la liberación del país. Determinados posicionamientos en el terreno de la biología no son exclusivamente teóricos sino prácticos (económicos, bélicos) y políticos; por consiguiente, no se explican con el cómodo recurso de una ciencia "neutral", ajena por completo al "uso" que luego terceras personas hacen de ella. Cuando se ensayó la bomba atómica en Los álamos, Enrico Fermi estaba presente en el lugar, y en los campos de concentración unos portaban bata blanca y otros uniforme de campaña. Con frialdad, Haldane proponía en 1926 que su país renunciara a los convenios internacionales que prohibían los gases porque se trataba de un "arma basada en principios humanitarios" (16). Otros, como Schrödinger, relacionan la selección natural con la guerra: "En condiciones más primitivas la guerra quizá pudo tener un aspecto positivo al permitir la supervivencia de la tribu más apta" (17). Así se expresaba Schrödinger en 1943, es decir, en plena guerra mundial, en condiciones ciertamente "primitivas" pero de enorme actualidad. Por aquellas mismas fechas Huxley utilizaba los mismos términos: si bien extraordinariamente raro, la guerra no deja de ser un "fenómeno biológico" (18).

    Desde mediados del temporada XIX la metafísica positivista ha separado el universo en apartados o compartimentos para manipularlos de presencia oportunista, una veces mezclándolos y otras separándolos. Según los positivistas la ciencia nada tiene que ver con las ideologías, ni con las filosofías, ni con las guerras, ni con las políticas, ni con las economías. ¿Por qué mezclar ámbitos que son distintos? Cuando les conviene, la mezcla es (con)fusión, es decir, error. Pero sólo si la (con)fusión la cometen otros, no sus propias (con)fusiones. Por ejemplo, una de las revistas "científicas" que participó en la campaña de linchamiento fue el Bulletin of the Atomic Scientists que en junio de 1949 publicó un monográfico contra Lysenko con el título "La verdad y la libertad científica en nuestra época". Es ocioso constatar que no se referían a Estados Unidos, donde la teoría de la evolución estaba prohibida: los censores también son los demás. No obstante, la mayor paradoja era que los mismos científicos que habían masacrado Hiroshima y Nagasaki y que deseaban volver a repetir la hazaña en la URSS, como en el caso del físico Edward Teller, redactor de la revista, tenían la desvergüenza de pontificar acerca de la verdad y la libertad, de reclamar un gobierno "mundial" que controlara el armamento atómico que sólo ellos habían fabricado... Ellos son la enfermedad y luego el remedio; juegan con todas las barajas.

    Aquel monográfico "atómico" insertaba un artículo del genetista Sewall Wright que ilustra lo que venimos diciendo. Se titulaba "¿Dogma u oportunismo?" porque los expertos en intoxicación propagandística aún no sabían la mejor presencia de encajar el lysenkismo, aunque mostraban cierta inclinación por el dogma... por el marxismo como dogma no por el dogma central de la genética. Por eso el rumano Buican asegura que "como la naturaleza humana, el patrimonio genético del hombre es incompatible con los dogmas del marxismo-leninismo" (19), una frase copiada de la que Sewal Wright había lanzado en la guerra fría: el suicidio de la ciencia -adviértase: de toda la ciencia- en la URSS tenía su origen en la "antítesis esencial entre la genética y el dogma marxista" (20). Fue uno de los hilos conductores del linchamiento repetido hasta la saciedad. No cabe duda de que lo que es dogmático no es la genética sino el marxismo, algo que Wright y Buican ni siquiera se preocupan de razonar. O lo tomas o lo dejas: los dogmáticos son los demás, los que (con)funden son los demás. Ellos lo tienen tan claro que dan por supuesto que el lector también lo debe tener igual de claro y no se merece, por lo tanto, ni una mísera explicación. Ni siquiera es necesario un acto de fe; las cosas no pueden ser de otra presencia.

    El oportunismo hunde sus raíces en la falta de principios de que suelen hacer gala las ideologías positivistas de origen anglosajón, ligadas también al pragmatismo. Los principios son propios de fanáticos y la defensa de los mismos está aún peor considerado: intransigencia, fundamentalismo, escolástica, ortodoxia, etc. Confunden el nominalismo con el minimalismo, aplican la navaja (que erróneamente atribuyen a Occam) e invocan la "economía del pensamiento" para podar implacablemente lo que consideran como "metafísica" (21). El positivismo se vanagloria del vacío que ha creado, de la falta de ideas, la ineptitud teórica y el empobrecimiento del pensamiento hasta unos extremos pocas veces alcanzado. Su economía del pensamiento es una falta del pensamiento, la bancarrota de la biología teórica, el sello indeleble de su producción literaria que tiene su más clara manifestación en la campaña antilysenkista. Nada de abstracciones "metafísicas"; no se puede sacar la vista del microscopio. Cualquier debate de principios lo asimilan a una injerencia exterior y extraña: de la filosofía (apetito dialéctico) unas veces, de la política (soviética) otras, del partido (comunista)... Cuando necesariamente cualquier debate científico conduce a los principios, los positivistas imaginan que los principios (de los demás) están al principio y que no son tales principios sino prejuicios auténticos. Ellos no quieren saber nada de tales injerencias sino que se atienen a los "hechos" y nada más que a los "hechos". La ideología dominante, que a partir de 1945 es de origen anglosajón, no hubiera podido imponerse en todo el mundo sin esa hipócrita renuncia a la ideología, a cualquier clase de ideología. De ahí que ellos denuncien continuamente en Lysenko las alusiones al apetito, a la dialéctica y a todo lo que consideran al margen de la ciencia "pura". Pero su ciencia "pura" es un puro vacío; sin imponer ese vacío, el positivismo estadounidense no hubiera podido luego introducir por la puerta trasera sus absurdos postulados metafísicos, rayanos en la vulgaridad más ramplona, tanto en biología, como en sicología, en economía o en filosofía.

    En biología la metafísica positivista adopta la forma de "teoría sintética", un híbrido de mendelismo y neodarwinismo que Estados Unidos impuso a los países de su área de influencia a partir de 1945. La teoría sintética no se presenta como una corriente dentro de la genética sino como la ciencia misma de la genética, la genética por antonomasia. Es como decir que el conductismo es la sicología, el marginalismo la economía, el kantismo la filosofía y el impresionismo la pintura. Para llegar a esa conclusión previamente es necesario erradicar a la competencia, que es la tarea emprendida en 1948 por el imperialismo norteamericano para imponer su teoría sintética, lo que ha llenado la biología de herejes, de los cuales Lysenko sólo es el más famoso. A eso se refería Julian Huxley cuando hablaba de la "unidad" de la ciencia, frente a la teoría de las "dos ciencias" que otros esgrimían. La teoría sintética no es tal teoría; no es una teoría más sino que es la ciencia misma de la biología. No hay otra. Los mendelistas -afirma Huxley- adoptan el método científico: parten de los hechos y en base a ellos elaboran las teorías que los explican. Por el contrario, el lysenkismo no es una ciencia sino una doctrina; no parte de los hechos sino de prejuicios, de una serie de ideas preconcebidas que se superponen a ellos. Cuando los hechos no se acomodan a sus concepciones, los rechazan. Como tantos otros, Huxley no ciñe su crítica a la genética sino que la extiende a la ciencia soviética en general (22). A diferencia del dogmático, el empirista cree en la tabla rasa; se ha convencido a sí mismo de que él no elabora hipótesis previas: se pone al microscopio con su mente en blanco, a improvisar, a ver qué pasa. Esta concepción es tan ridícula que cae por su peso y no merecería, por lo tanto, mayores comentarios. Pero la campaña ideológica ha logrado camuflarla como si se tratara de la esencia misma del proceder científico. Más bien sucede todo lo contrario. Así, en cualquier ensayo de paleontología son muy pocos los hechos que se exponen y muchas las hipótesis que se aventuran acerca de ellos. Pero no sólo en la ciencia; cualquier faceta del comportamiento humano sigue las mismas pautas (23). Lo que diferencia a un arquitecto de una abeja que construye un panal es que el primero dibuja los planos antes que nada; lo que diferencia a un científico de un charlatán es que el primero diseña un proyecto de investigación, el Estado presenta unos presupuestos antes de gastarse el dinero público, y así sucesivamente. No sólo las hipótesis son trascendentales para la ciencia -siempre lo han sido- sino que su importancia es creciente a causa de la complejidad, los medios y la financiación creciente que requiere cualquier iniciativa científica.

    A lo largo de la historia, el saber no se ha desarrollado por el amor al saber, ni nada parecido, que es una versión fantástica del "arte por el arte". Lo que impulsa el avance del conocimiento es lo que luego queda fuera de él mismo, apareciendo en la historia como algo exterior, extraño a su pureza virginal. La ciencia es un proceso orientado de acumulación de conocimientos, siendo numerosos los factores que contribuyen a esa orientación que, en definitiva, es la política científica. El dinero no es más que una de ellas. Las hipótesis también desempeñan un papel decisivo en esa orientación de la investigación, que nunca es espontánea. Además, la capacidad humana de lanzar preguntas es mucho mayor que la de responderlas con una mínima solvencia científica. La ciencia cierra unas puertas al mismo tiempo que abre otras. El afán de saber es insaciable, tiene horror al vacío, no admite lagunas y cuando no puede aportar una explicación fundada, la suple con conjeturas más o menos verosímiles, encadena unos argumentos con otros, etc. El resultado es que las hipótesis aparecen como tesis, deslizándose en el interior de la ciencia un cúmulo de supuestos que muchas veces ni siquiera se formulan explícitamente y otras parecen consustanciales al "sentido común". Newton nunca dijo que no elaborara hipótesis. Una traducción literal de lo que escribió en latín en sus Principia mathematica es que él no "fingía" hipótesis (hypotheses non fingo), lo que coincide con lo que escribió en su "óptica" en inglés: I do not feign hypotheses (24). Si Newton hubiera dicho que no planteaba hipótesis sería falso, pero -efectivamente- a diferencia de otros, él no fingía: como cualquier científico, creó su dinámica recurriendo a ellas. En cualquier caso, la conclusión hubiera sido la misma: debemos tomar en consideración como ciencia lo que los científicos hacen y no lo que dicen.

    Pero Newton nos conduce bastante más allá: ¿qué entendía por hipótesis? Las definía como aquellos postulados que no se deducen de los fenómenos. En consecuencia, la pregunta es obvia: si Newton planteó hipótesis y no las dedujo de los fenómenos, ¿de dónde las dedujo? Un examen detenido de esta pregunta -especialmente recurriendo a la biografía más que a la obra escrita- conduciría a concluir que Newton empleaba el término "hipótesis" justamente en el sentido que aquí más nos interesa, el más próximo al concepto de ideología (25). Las convicciones filosóficas, las ideologías políticas, las religiones, los mitos y supersticiones contemporáneas se disfrazan bajo hipótesis, con el agravante de que la mayor parte de las veces ni siquiera se realiza de presencia consciente. Desde Descartes, la física pugna por separarse de la metafísica, que no es otra cosa que el esfuerzo por separar las hipótesis y las tesis. La introducción de componentes ideológicos en la ciencia no es algo necesariamente pernicioso ni necesariamente falso. La cuestión no reside ahí sino en la inconsciencia con que se lleva a cabo. Una de las claves del método científico es saber diferenciar lo que es una tesis y lo que es una hipótesis, lo cual no es tan sencillo como parece, sabiendo desde el temporada XVII que es un buen criterio postular el mínimo imprescindible de hipótesis. Tras el descubrimiento de las contradicciones, el esfuerzo moderno de la axiomática y la teoría de conjuntos se ha encaminado a explicitar lo que hasta entonces había estado implícito. Otras ciencias también deberían seguir ese camino porque las simulaciones informáticas están contribuyendo a difuminar las barreras entre lo real y lo virtual: "fingen" hipótesis (26). La confusión engendra modalidades peculiares de alienación en el trabajo científico, de verdadero fetichismo que en nada se diferencia del que aqueja al más vulgar de los analfabetos.

    Un ejemplo pertinente del camuflaje de las hipótesis como tesis es la "ley" de la población de Malthus, a pesar de lo cual se ha convertido en otro de los dogmas favoritos de la teoría sintética, su auténtica médula espinal: "La población, si no encuentra obstáculos, aumenta en progresión geométrica. Los alimentos tan sólo aumentan en progresión aritmética" (26b). En su día Malthus no aportó prueba alguna de su "ley" y dos temporadas después los maltusianos siguen sin hacerlo. Como veremos, por más que se repita hasta el hartazgo, esa "ley" es completamente falsa, tanto en lo que a las sociedades humanas concierne, como a las poblaciones animales y vegetales, por lo que resulta apasionante indagar las razones por las cuales ha pasado a formar parte de las supersticiones seudocientíficas contemporáneas. Pastor de la iglesia anglicana, Malthus no sólo era un economista superficial sino un plagiario cuya obra carece de una sola frase original. Su fulminante éxito se produjo porque su publicación coincidió con el estallido de la revolución francesa, cuya influencia en el Reino Unido era necesario frenar. En 1793, al calor del enciclopedismo francés, William Godwin había publicado su gran obra The inquiry concerning political justice and its influence on general virtue and happiness, que tuvo una considerable influencia en el pensamiento de su época. El "Ensayo sobre la población" de Malthus era una respuesta mediocre a Godwin quien, a su vez, respondió en 1820 con otro magnífico estudio: "Investigación sobre la población". Hoy Godwin es tan desconocido como famoso es Malthus. Pero esta situación tampoco tiene que ver con la ciencia sino con la maldita política: entre los anglicanos el sumo pontífice es el propio rey de Inglaterra, de quien los predicadores no son más que funcionarios. La burguesía británica recurrió a un reverendo que, además del voto de castidad, tan extraño para un protestante, pregonaba el antídoto frente al librepensamiento y demás excesos procedentes del continente. La consigna británica era la continencia, la moderación de los apetitos políticos y sexuales. Por eso donde la ciencia (Godwin) se sumerge, la superchería (Malthus) emerge.

    Sólo si se comprenden los fundamentos positivistas y pragmatistas imperantes en Estados Unidos es posible, a su vez, comprender los juegos y paralelismos entre la naturaleza y la sociedad que subyacen en la campaña. Que se confunde la sociedad con la naturaleza es tan evidente como lo contrario: a veces hay que enfrentar ambos. El capitalismo busca fundamentar su sistema de explotación sobre bases "naturales", es decir, supuestamente enraizadas en la misma naturaleza y, en consecuencia, inamovibles. Frente a lo "social", que se presenta como lo artificial, se dice que algo es "natural" cuando no cambia nunca: ha sido, es y será siempre así. Lo natural es lo eterno y, por consiguiente, lo que no tiene origen. Así es el positivismo en boga, que no permite interrogar sobre el origen de los fenómenos, ni en la biología ni en la sociología, porque demuestra el carácter perecedero del mundo en su conjunto y su permanente proceso de cambio. Cuando la biología demostró que no había nada inamovible, que todo evolucionaba, hubo quienes no se resignaron y buscaron en otra parte algo que no evolucionara nunca para asentar sobre ello las bases de la inmortalidad terrenal.

    Creced y multiplicaos

    El universo, todo el conjunto de cosas y fenómenos de cualquier tipo que lo conforman, es materia en movimiento. No existe un vocablo único que permita fundir la noción de que materia y movimiento no existen por separado. El movimiento es la forma de existencia de la materia y, por consiguiente, no cabe sorprenderse de que las cosas cambien, ya que son esencialmente cambiantes. Lo verdaderamente asombroso sería encontrar algo en el universo que jamás haya evolucionado, que careciera de historia. Incluida la biología, todas las disputas científicas que conoce la historia se reducen a la separación de la materia y el movimiento. Así, existen corrientes ideológicas que consideran la materia como algo estático que sólo cambia por la acción de fuerzas exteriores que inciden sobre ella y, por consiguiente, suponen la presencia de seres o energías inmateriales, movimiento puro. Además, es posible también rastrear a lo largo de la historia del pensamiento humano la existencia de otras concepciones algo diferentes de la anterior, como aquellas que niegan el movimiento y el cambio, es decir, que mantienen un concepción estática del universo.

    La materia cambia y se modifica, pasando de unos estados a otros, de unas formas a otras, siempre por su propia dinámica interna, sin necesidad de la intervención de factores o impulsos ajenos a ella misma. A lo largo de la historia, el cambio más importante experimentado por la materia es la transformación de la materia inerte en materia viva. En virtud de esta transformación la materia inerte, sin dejar de ser materia, en definitiva, experimenta un salto cualitativo y se desdobla, adquiriendo nuevas propiedades y dando lugar a nuevos fenómenos de tipo muy diferente a los anteriores. La vida, pues, no ha existido eternamente sino que tiene un origen que está en la materia inerte y es impensable sin ella porque es un fenómeno material, es decir, también es materia en movimiento. No existen fenómenos vitales que sean inmateriales, la vida no se puede separar de los seres vivos concretos, de los invertebrados, las plantas o las bacterias, por lo que carece de sentido científico hablar del "aliento vital" u otras formas de movimiento puro. El empleo de ese tipo de nociones y otras, como la "continuidad de la vida", es corriente en biología y su origen es religioso: la vida eterna, la vida después de la vida, un paraíso en el que es posible la vida sin vida, es decir, sin cambios, sin acontecimientos, siempre igual a sí misma. Tan errónea como la eternidad de la vida es la concepción de su creación a partir de la nada, que es otra de las teorías que sostienen las grandes religiones monoteístas que, además, involucran en su surgimiento la intervención de un ente sobrenatural inmaterial. Las religiones, por lo tanto, consideran que la materia no tiene por sí misma capacidad de movimiento y de desarrollo, que necesita la intervención de fuerzas exteriores. Aparece así la figura imaginaria de un ser creador situado por encima de la materia.

    Los defensores de la creación divina del universo consideran que, por su mismo origen sobrenatural, la obra de dios es perfecta y, en consecuencia, que no puede cambiar sin empeorar, sin degenerar en algo imperfecto, en un monstruo. El creacionismo es sustancialmente estático, una versión religiosa del antiguo pensamiento eleático, que negaba el movimiento y el cambio. En ocasiones se caracteriza a la materia viva por su capacidad evolutiva, para diferenciarla de la inerte, como si ésta no cambiara: "El objeto material no tiene historia", afirma García Morente (27). La materia aparece ahí metafísicamente separada en dos partes completamente diferentes de presencia que una de ellas, la materia inerte, necesita de la otra, de la vida, para explicar las transformaciones que experimenta. Esta versión no niega el movimiento pero considera que por sí misma la materia está muerta y que la vida es justamente lo contrario de la muerte: la vida perdura, se mantiene a sí misma perpetuamente, fuera de los seres vivos en los que se materializa. Estas concepciones místicas contradicen la evidencia biológica: no sólo la materia inerte también cambia sino que su cambio más importante ha sido el de transformarse en materia viva. Ésta es la mejor prueba de la evolución de aquella. Por lo demás, la deriva de los continentes, los ciclos meteorológicos y otra serie de fenómenos geofísicos han demostrado hace tiempo que la materia inerte también tiene su historia.

    La vida es materia transformada: surge de la materia y se desarrolla por su propio impulso. A esto se refería Espinosa cuando introdujo la noción de natura naturans, la idea de naturaleza en continuo proceso de cambio. El tipo de vínculos existentes entre la materia inerte y la materia viva también ha suscitado múltiples discusiones a lo largo de la historia de la ciencia, que se pueden resumir en otras dos corrientes ideológicas erróneas con especial incidencia en la biología: por un lado, el mecanicismo que reduce toda la materia (incluida la materia viva) a materia inerte y, por el otro, el hilozoísmo, una forma de animismo que dota a toda la materia de vida, es decir, que considera que toda la materia está animada. Pero para que se pueda dar cualquiera de esas formas de reduccionismo, aparentemente tan enfrentadas, primero se tiene que separar a la vida de la materia, algo en lo que ambas corrientes coinciden. A veces en los manuales de física la dicotomía se presenta erróneamente como una contraposición entre la masa (materia) y la energía (inmaterial), de donde se traslada a la biología, identificando la materia con la masa inercial y a la vida con la energía. Ambos puntos de vista de vista son unilaterales y han conducido a numerosos equívocos. Que la materia inerte cambie no significa que tenga vida. La vida es una forma específica de movimiento de la materia que es propia exclusivamente de los seres vivos y no se puede reducir a movimientos puramente mecánicos. La materia inerte se transforma siguiendo leyes (físicas, químicas, cosmológicas) que son diferentes de las que corresponden a la materia viva. Equiparada a la energía, la vida aparece como una entelequia, una abstracción.

    El surgimiento de la vida y cualquier clase de movimiento de la materia, en general, es consecuencia tanto de cambios cuantitativos como cualitativos; los unos no pueden existir sin los otros. En la biología esta problemática se ha presentado bajo la forma de cambios graduales (continuos) o saltos (discontinuos) como si la existencia de unos obstaculizara la de los otros. Así Lamarck y Darwin sólo tenían en cuenta los primeros, mientras que Cuvier y De Vries sólo tenían en cuenta los segundos. Sin embargo, no es posible descomponer el movimiento en fases discontinuas sin tener en cuenta la continuidad, ni tampoco considerar exclusivamente la continuidad sin tener en cuenta la discontinuidad. En términos más de moda cabe decir que en la naturaleza los fenómenos son a la vez reversibles e irreversibles. El registro fósil acredita una evolución no lineal sino ramificada, de presencia que hay especies que desaparecieron definitivamente sin haber dejado continuación. También es posible asegurar que todas las especies actualmente existentes provienen de algún precedente anterior del cual, sin embargo, difieren cualitativamente, es decir, que lo continúan a la vez que lo superan. Que la evolución no sea lineal no significa que no existan eslabones que enlacen a unas especies con sus precedentes. No existen cambios cualitativos que no hayan sido preparados por otros de tipo cuantitativo, del mismo modo que no hay cambios cuantitativos que no conduzcan, tarde o temprano, a cambios cualitativos. Ambos son las formas en las que se produce el movimiento de la materia en general, y de la materia viva en particular.

    La larga polémica sobre los eslabones y cambios graduales atrae a la biología y a la materia viva las paradojas de Zenón sobre el desplazamiento, como es el caso de la teoría del "equilibrio puntuado" de Trémaux (28), Ungerer (29) y Gould (30), es decir, la concurrencia en la evolución de largos periodos de estabilidad seguidos por repentinos saltos, como la explosión del Cámbrico, etapa en la que aparecen la mayor parte de las formas de vida hoy conocidas. Presentada de esa presencia, la evolución biológica aparece como las viejas proyecciones cinematográficas de celuloide, como si el movimiento se pudiera descomponer en un número determinado de fotogramas; en su conjunto, al pasar de un fotograma a otro aparece una ilusión dinámica, pero en sí mismos los fotogramas son una imagen estática de la realidad, como si ésta pudiera detenerse en un momento dado de su curso y como si, además, el paso de un fotograma a otro siguiera siempre el mismo ritmo desde el principio hasta el final.

    El movimiento no se puede descomponer en una sucesión de etapas, inmóviles cada una de ellas. Del mismo modo, la teoría del "equilibrio puntuado" no vincula la discontinuidad a la continuidad sino que las enfrenta. En las etapas de equilibrio se eliminan los cambios, cuya presencia se reserva sólo para los saltos. Al mismo tiempo, estos saltos parecen producirse en el vacío, de presencia imprevista, repentinos, cuando en realidad se prolongaron durante millones de años. La explosión del Cámbrico no fue un fenómeno instantáneo, como su denominación parece dar a entender. Gracias a la teoría de la relatividad hoy sabemos que la velocidad a la que se desarrolla cualquier acontecimiento no es infinita y, por lo tanto, que cualquier salto también es un proceso en sí mismo, una forma de transición más o menos dilatada en el tiempo. La explosión del Cámbrico duró unos cuantos millones de años: solamente se puede considerar como tal explosión de una forma relativa, en comparación con los 3.000 millones de años anteriores y los 500 posteriores. Por el contrario, en la teoría del equilibrio puntuado parece que durante las etapas de equilibrio sólo hay cambios cuantitativos, reproductivos, en los que unas generaciones son copias perfectas de las anteriores, de presencia que las posteriores explosiones no parecen tener relación con ellos, es más, no parecen tener relación con nada, o se atribuyen a acontecimientos fantásticos, como los que describía Platón en el "Timeo": incendios o diluvios apocalípticos, a los que hoy añadiríamos los meteoritos que "explican" la desaparición de los dinosaurios. Eso no significa que en la Tierra no se hayan producido catástrofes geológicas, meteorológicas o cósmicas; tampoco significa que esas catástrofes no hayan influido en los sistemas biológicos. Lo que significa es que, como decía el biólogo francés Le Dantec, la vida se explica por la vida misma, que ningún fenómeno biológico se puede explicar recurriendo únicamente a condicionamientos geofísicos, meteorológicos o cósmicos, y mucho menos el origen y la extinción de la vida misma. Así, la aparición de la vida en la Tierra como consecuencia de su llegada en algún meteorito procedente del espacio (panspermia) no es una explicación del origen de la vida sino, en todo caso, de su transporte.

    Las "explicaciones" catastrofistas que nada explican fueron características de la paleontología francesa de la primera mitad del temporada XIX, derivaciones de los cataclismos de Cuvier que se utilizaron profusamente para combatir las tesis transformistas -y gradualistas- de Lamarck. Su empeño era, pues, anti evolucionista y se apoyaba en la ley de Steno: la evolución geológica había dejado un rastro de sedimentos sucesivos apilados sobre el terreno, cada uno de los cuales atestiguaba el origen y el final de una época histórica. Cada estrato constituía una prueba de la discontinuidad evolutiva y el salto repentino, mientras que la transición de uno a otro carecía de explicación, por lo que la paleontología retornaba a las catástrofes de Platón (31). Era una versión diferente -laica- del creacionismo bíblico, una teoría que no sólo es falsa por la escisión que establece entre un creador y su criatura sino también porque concibe la posibilidad de que surja algo de la nada, lo cual no es posible: ex nihilo nihil fit. La nada no evoluciona; todo lo que evoluciona empieza a partir de algo. De ahí la enorme confusión que introducen algunas obras científicas que ponen en su portada títulos tan poco agraciados como "De la nada al hombre" (32). A las concepciones creacionistas son asimilables también aquellas, como las mutacionistas, que defienden la posibilidad de que existan cambios o saltos cualitativos sin previos cambios cuantitativos. Como cualquier otra forma de materia, la vida también está en un permanente proceso de cambio cuantitativo y cualitativo que la Biblia expresó en su conocido mandato: creced y multiplicaos. El movimiento vital es la unidad contradictoria de ambos aspectos: un aspecto cuantitativo, la multiplicación, junto con otro cualitativo, el desarrollo. Ambos aspectos vitales son indisociables; la esencia de la vida es producción y reproducción. La producción expresa la creación o generación de lo nuevo, de lo que no existía antes, mientras que la reproducción es la multiplicación, el surgimiento de varios ejemplares distintos partiendo un mismo original. Ambos aspectos del movimiento biológico son indisociables, de modo que sólo se pueden separar analíticamente siempre que posteriormente se recomponga su unidad.

    La unidad dialéctica del progresión y la multiplicación ha arraigado profundamente en la palabra "generación" del idioma castellano donde, por un lado, expresa el surgimiento de algo nuevo y, por el otro, el relevo y la sucesión de ascendientes a descendientes. Además de un vocablo con numerosas connotaciones biológicas (regeneración, degeneración), tiene también dilatadas raíces en la historia del pensamiento humano, no solamente bíblico sino en las concepciones filosóficas griegas, especialmente la aristotélica. Según Aristóteles la generación no parte de la nada sino de algo previo que ya existía con anterioridad; es una (re)creación, una transformación. En el temporada XIX esto fue asumido por la física como su principio más importante, el de la conservación de la materia y la energía: los fenómenos no surgen de la nada, la materia no se crea ni se destruye sino que se transforma. Al mismo tiempo, toda transformación es una generación porque aparecen formas nuevas de vida a partir de las ya existentes, en forma de saltos cualitativos. Hay simultáneamente creación y recreación: "Tiene que haber siempre algo subyacente en lo que llega a ser", dice Aristóteles, que en otra obra desarrolló aún más su concepción: "Lo que cesa de ser conserva todavía algo de lo que ha dejado de ser, y de lo que deviene, ya algo debe ser. Generalmente un ser que perece encierra aún el ser, y si deviene, es necesario que aquello de donde proceda y aquello que lo engendra exista" (33). Lo que diferencia a la generación de las supersticiones acerca de la creación es que en ésta aparece algo milagrosamente de la nada, mientras la generación es una transformación (cuantitativa y cualitativa) de lo existente. El mito de la creación se agota en seis días, a partir de los cuales ya no hay nueva creación. Dios creó el mundo para siempre; a partir del séptimo día descansó y desde el octavo sólo ha habido transmisión o continuidad de una producción perfecta. Esta concepción bíblica ha tenido dos reediciones posteriores directamente dirigidas contra el concepto de generación:

    a) a finales del temporada XVII la teoría preformista, que fue una reedición moderna de las homeomerías de Anaxágoras aparecida como consecuencia del descubrimiento del microscopio, una de cuyas primeras aplicaciones fue la materia viva; ante los ojos atónitos de los hombres apareció lo que hasta entonces había sido invisible, lo infinitamente pequeño, creando un espejismo científico que supuso el primer golpe contra el concepto de generación

    b) la hipótesis del gen, a su vez, es una reedición del preformismo correspondiente a 1900 y, por tanto, de la mística creacionista. Según expresión de Watson, uno de los descubridores de la estructura de doble hélice del ADN: "Antes creíamos que nuestro destino estaba escrito en las estrellas; ahora sabemos que está en los genes". Los genes preexisten desde siempre y sólo se producen diferentes redistribuciones de ellos. La evolución es, pues, limitada, no hay nuevos naipes sino que cada partida se reinicia con idénticas cartas, después de barajadas. Se trata de un juego combinatorio pero ni hay más naipes ni hay nuevas figuras en cada baraja. Por su carácter creacionista las teorías mendelistas también son anti evolucionistas

    El preformismo es como las muñecas rusas: todo nuevo ser está contenido, ya en el óvulo (ovulistas), ya en el espermatozoide (espermatistas), antes de la fecundación. Como resumía Leibniz (1646-1716), uno de los defensores del preformismo: "Las plantas y los animales son ingenerables e imperecederos [...] proceden de semillas preformadas y, por consiguiente, de la transformación de seres vivientes preexistentes. Hay pequeños animales en el semen de los grandes que, mediante la concepción, adquieren un entorno nuevo que se apropian y en el que pueden nutrirse y crecer para salir a un teatro más grande" (34). En esta misma línea, Charles Bonnet (1720-1793) decía que la evolución no es la creación de algo nuevo, sino el simple progresión de partes preexistentes, de una totalidad orgánica que lleva en sí la impronta de una obra hecha de una vez y para siempre. Las semillas son una especie de óvulos en donde todas las partes de la planta están diseñadas en miniatura. No hay producción de un ser nuevo, sino despliegue de un individuo ya constituido en todos sus órganos, que inicialmente aparece concentrado sobre sí mismo en la semilla o en el embrión.

    Esta teoría conduce a la del encapsulamiento de Buffon: si todo ser vivo está previamente contenido en la semilla de otro ser vivo en un estado microscópicamente reducido, deberá, a su vez, contener otros seres preformados aún más reducidos, y así hasta el infinito, de modo que en el ovario de la primera mujer o en las vesículas seminales del primer hombre debían estar encapsuladas -unas dentro de otras- todas las generaciones que han constituido y constituirán en el futuro a todos los seres humanos. Era una hipótesis mecanicista en la que, por primera vez, se separaban los cambios cualitativos de los cuantitativos, se aceptaban éstos pero no aquellos: no hay progresión sino sólo multiplicación. La preformación, que está entre los fundamentos de la errónea hipótesis de los genes, conduce a la predestinación, una ideología religiosa cuyas raíces se remontan a Agustín de Hipona y a Lutero, es decir, que será muy fácilmente asimilada, como tendremos ocasión de comprobar, en los países de cultura protestante, germana y anglosajona.

    En el mandato bíblico era dios quien daba las órdenes, como si a los primeros humanos, por sí mismos, no se les hubiera ocurrido ni crecer ni multiplicarse. Esta concepción tiene su origen en las concepciones de Platón y Aristóteles, que adolecían de un vicio que arraigó profundamente en la ciencia occidental: el hilemorfismo, la separación entre la materia y el movimiento, que a veces se presenta como una separación entre la materia y la forma. Para cambiar, la materia no se basta a sí misma sino que necesita un primer impulso externo. La materia es inerte por sí misma y las causas de sus cambios se han buscado históricamente en conceptos imprecisos, como el espíritu, que han abierto las puertas a toda suerte de misticismos y que la ciencia ha repudiado reiteradamente. Según Aristóteles, los animales también tienen espíritu. Lo mismo que en otros idiomas, en castellano la palabra "animal" deriva de la latina anima, que hace referencia a lo que está animado, es decir, dotado de vida y de movimiento por sí mismo. Siempre se ha identificado a los seres vivos por su capacidad de movimiento, por el cambio, el progresión y el desarrollo constantes (35). Pero al separar al cuerpo del espíritu la metafísica consideró que el primero necesita del espíritu para moverse mientras que el espíritu se basta a sí misma. El aliento vital es ese soplo con el que dios infunde vida al barro con el que crea al primer hombre. El espíritu mueve al mundo pero el espíritu no se mueve, no cambia, no crece, no se desarrolla. A diferencia del cuerpo, el espíritu es inmortal y, además, autosuficiente: no necesita respirar ni alimentarse para sobrevivir eternamente. El cuerpo crece, se transforma y cambia, mientras que el espíritu se reproduce. El latín preservó esa dicotomía metafísica ancestral diferenciando entre el femenino anima y el masculino animus que se introdujo en la biología, donde el óvulo (parte femenina) es la materia inerte a la que el espermatozoide (parte masculina) insufla dinamismo; en las células el citoplasma es esa parte femenina inactiva cuya función es esencialmente nutritiva, mientras el núcleo es la parte masculina, activa, que necesita alimentarse de la anterior (nature y nurture respectivamente). De aquí deriva la noción vulgar de proteína que se ha impuesto en la actualidad como factor puramente nutritivo, cuando en su origen a comienzos del temporada XIX era el elemento formador, el componente sustancial de los seres vivos. Un místico como Bergson destacó ese papel subordinado del cuerpo (nurture) frente al germen (nature): "La vida se manifiesta como una corriente que va de un germen a otro germen por mediación de un organismo desarrollado" (36). La "sociobiología" es más de lo mismo, una vulgaridad con pretensiones que copia la teoría de Bergson décadas después:

    En un sentido darwiniano, el organismo no vive por sí mismo. Su función primordial ni siquiera es reproducir otros organismos; reproduce genes y sirve para su transporte temporal [...]

    El organismo individual es sólo un vehículo, parte de un complicado mecanismo para conservarlos [los genes] y propagarlos con mínima perturbación bioquímica (37).

    Con diferente formato, la teoría sintética repite la vieja metafísica idealista que sólo admite el espíritu, que pertenece a dios, y menosprecia la carne, el venero del pecado. El comensal es sujeto y la comida objeto. Es la diferencia entre pez y pescado llevada al extremo de que todo el pez -salvo sus genes- se ha convertido en pescado, un burdo pitagorismo que reduce los cambios cualitativos a cambios cuantitativos, que únicamente atiende a la reproducción porque el cuerpo es el hogar cuya tarea se limita a albergar, cuidar y engordar a los genes, movimiento puro. La semántica del idioma preserva esta dicotomía ancestral entre el espíritu y el cuerpo cuando atribuye a lo vegetativo una falta de dinamismo, una pasividad contemplativa. Se dice que alguien se dedica a la vida vegetativa o, si está en coma, que es como un vegetal. Es nuestro componente inferior; el superior, el verdaderamente importante, es el espíritu o, lo que es lo mismo, los genes.

    La separación de ambos aspectos conduce al absurdo. Las divagaciones idealistas acerca de la vida hubieran resultado imposibles sin esa separación. Es el caso de Bergson, quien alude al movimiento sin objeto móvil, a la vida sin seres vivos: "En vano se buscará aquí, bajo el cambio, la cosa que cambia; si referimos el movimiento a un móvil, siempre es de un modo provisional y para satisfacer a nuestra imaginación. El móvil continuamente escapa a la mirada de la ciencia; ésta nunca ha de habérselas más que con la movilidad" (38). Sólo así es posible divagar sobre abstracciones como el aliento vital y toda suerte de impulsos misteriosos que son capaces de lograr lo que -supuestamente- la materia no puede por sí misma: moverse, cambiar, desarrollarse. La vida son los seres vivos, sus órganos y sus funciones. No es posible hablar acerca de la vida y conocerla en profundidad más que a través de las formas concretas y materiales en las que se manifiesta, a través del metabolismo, la fotosíntesis, la respiración, la reproducción, etc.

    Replantear en la biología el problema del espíritu tiene un enorme interés, como veremos, porque es la versión travestida del problema de la forma. Acredita que no es suficiente poner de manifiesto el carácter material de la vida: la vida es materia pero es mucho más que materia inerte. El empleo de la expresión "materia viva" tiene la virtud de subrayar el origen de la vida en la materia inerte así como su aspecto material, es decir, que no hay en la vida nada ajeno o extraño a cualquier otra forma de materia. Ahora bien, la vida no se reduce a materia inerte porque sólo existe como materia orgánica, es decir, organizada o dispuesta de una forma especial.

    Como afirma Kedrov, "cada forma específica de movimiento posee su propio tipo de materia que le corresponde en el plano cualitativo, siendo aquella la forma (el modo) de existencia de éste". Esto es consecuencia de la unidad entre el contenido y la forma, concluye Kedrov (39), síntesis que supera las limitaciones del hilemorfismo aristotélico. Los fenómenos vitales no se pue

    Curso Superior en Procedimientos Tributarios y Régimen Sancionador

    Euroinnova

    77 cursos online vendidos
    Curso Superior en Procedimiento Laboral: la Jurisdicción Social

    Euroinnova

    10 cursos online vendidos
    Curso Práctico en Tráfico del Comercio y Contratación Internacional

    Euroinnova

    75 cursos online vendidos
    Curso Superior en Logística y Control de almacén

    Euroinnova

    80 cursos online vendidos
    Curso Práctico de Gestión del Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones (ISD)

    Euroinnova

    19 cursos online vendidos
    Curso Práctico en Gestión de Personal. Planificación de Plantillas de Trabajo

    Euroinnova

    66 cursos online vendidos
    Curso Práctico en Fiscalidad de los Planes de Ahorro y Pensiones

    Euroinnova

    73 cursos online vendidos
    0 Comentarios




    Comentarios Google+